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Vertidos de petróleo en el Ártico ruso: un grave problema que tiene solución

Estos son los hechos: dos vertidos de petróleo en menos de un mes en la misma zona en la que hace dos días se registraron récord histórico de temperaturas, el Ártico ruso, 38 grados. ¿Qué relación hay entre ambas cuestiones?

Hace dos días, se produjo una fuga de combustible diésel en una planta de energía en la aldea de Argakhtakh, en el noreste de Yakutia (Siberia): cinco toneladas de petróleo se filtraron en el río Alazeya; un incidente que se suma al ocurrido a finales de mayo en otra zona de Siberia, en Norilsk, cuando 21.000 toneladas de diésel se vertieron en ríos y tundras.

Actualmente, la potencia instalada de diésel en las regiones remotas rusas es de aproximadamente 800 megavatios (MW), lo que genera aproximadamente 1,25 mil millones de kilovatios-hora (kWh) de electricidad. Para poder producirlos, se importan alrededor de 300.000 toneladas de combustible diésel hacia territorios remotos cada año, incluidas las regiones árticas. Su transporte y almacenamiento implica asumir graves riesgos para el Ártico, como ya ha sucedido con los vertidos de Norilsk y Yakutia.

La electricidad que procede de esta costosa generación de diésel requiere una subvención anual de aproximadamente 20.000 millones de rublos. Esto significa que, además de reducir los riesgos ambientales, la transición a las energías renovables ayudaría a ahorrar enormemente en el suministro de electricidad en las áreas remotas. Según el informe del Centro Analítico para el Gobierno de la Federación de Rusia, solo el reemplazo parcial de energía diésel con fuentes de energía renovables supondría un ahorro de alrededor de 16.000 millones de rublos en diez años (un promedio de 1,6 mil millones de rublos por año).

Es evidente: la adopción de energías renovables no solo evitaría este tipo de vertidos sino que además contribuiría a frenar la crisis climática, agravada ahora mismo por estas empresas de combustibles fósiles. Lo ocurrido en Verkhoyansk no es sino otro síntoma de un planeta que está sufriendo enormemente: ciudad considerada como  el “Polo del frío”, se superaron los 38 ºC el pasado 20 de junio, la medición más alta documentada nunca al norte del Círculo Polar Ártico.

Este incremento de las temperaturas contribuye a que el permafrost (capa del subsuelo de la corteza terrestre que se encuentra congelada de manera permanente debido a su naturaleza) se derrita con mayor rapidez contribuyendo a la aparición de incendios en la tundra o a que pueda ser una de las causas de accidentes como las cinco toneladas de diésel que se vertieron en la aldea de Argakhtakh. Y lo que es peor, a la liberación masiva de metano, un gas con un poder de efecto invernadero mucho mayor que el CO2, lo que retroalimenta el calentamiento global.

En 2019, las agencias gubernamentales rusas prepararon “un plan de acción para la modernización de la generación ineficiente de diésel (petróleo, carbón) en territorios aislados e inaccesibles” en el que la transición a fuentes de energía renovables también se menciona. Solo el cambio a un sistema energético eficiente, basado íntegramente en energías renovables, puede romper este círculo vicioso y desastroso.

Lo llevamos diciendo hace años: lo que ocurre en el Ártico no se queda en el Ártico. Es una luz roja que no podemos ignorar. No solo Rusia, sino todos los países deben actuar con urgencia para transitar hacia energías 100% renovables y llevar todas sus emisiones netas a cero, antes de que sea demasiado tarde. Algo que no debe olvidarse en España cuando se discute la ley de cambio climático y transición energética.

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