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Una epidemia convertida en una oportunidad

La crisis de la COVID-19 nos ha permitido ver cómo al situar los/as cuidados/as y la vida en el centro de nuestras prioridades, nuestro impacto sobre la biosfera se ha atenuado. Esa imagen es vital para respaldar la voz de la sociedad civil en todo el mundo que reclama un cambio urgente y real en nuestro sistema económico y social, es vital para dejar atrás un modelo obsoleto que atenta contra el Desarrollo Sostenible.

Uno/a no se levanta todos los días con el petróleo tejano cotizando en números rojos y con el Brent europeo pisándole los talones. Han pasado muchas cosas inverosímiles en esta crisis sanitaria, de esas que contaremos a nuestros/as nietos/as, casi todas tristes y apabullantes. Las cifras con las que abren los noticieros parecen transportarnos a uno de esos desastres naturales que siempre suceden muy lejos, y que solucionamos con un donativo y un pensamiento bienintencionado.

Sin embargo, que por primera vez en la historia reciente producir crudo sea una ruina, por causa de los costes de transporte y almacenamiento, combinado con la caída de la demanda, nos da una perspectiva diferente de lo que está pasando. Las imágenes son esclarecedoras y, sin embargo, se nos hace difícil imaginar cómo será el futuro. Hemos dejado de producir y hemos descubierto lo superfluo que era la mayoría de nuestro. Además, el cielo está más limpio que nunca. De repente, salvarnos ha cambiado el orden de nuestras prioridades. La vida se ha puesto en el centro.

Tan importante es ver la magnitud de la tragedia que vivimos como darse cuenta de esa posibilidad de cambio, vinculada a algo tan concreto como nuestros hábitos. No existe quizás otra imagen que explique mejor una crisis global como la de una pandemia: una partícula microscópica como un virus que pone patas arriba el mundo y que, surgiendo de un extremo del orbe, nos llega a todos irremediablemente, por encima de fronteras, y nos obliga a colaborar para afrontarlo con alguna garantía de éxito. Muchas voces se han hecho ya eco de algo tan evidente, pero merece la pena insistir. Sobre todo, para vacunarnos contra la posibilidad de rebobinar y volver al frame anterior a la emergencia, a una normalidad que parecemos anhelar pero que no era para nada idílica. No faltan tampoco las voces que sugieren poner a un lado el medio ambiente para seguir alimentando nuestro PIB. La construcción del bien común no es ningún lujo; al contrario, debería ser la base de un nuevo sistema: exprimir los exiguos márgenes del sistema económico, relajando estándares y metas ambientales, es incompatible con nuestra supervivencia. El Green New Deal europeo tiene que demostrar, aquí y ahora, si se trata o no de una apuesta de cambio real de nuestra economía y, por tanto, de nuestra vida.

FUENTE: Miquel Carrillo y Carlos García Paret (COORDINADORA DE ONGD)

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