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Soja ¿la nueva palma de los biocombustibles?

Autor: Ecologistas en Acción


· Ecologistas en Acción lanza la campaña #AparcaLaSoja para dar a conocer a la población los impactos del monocultivo de la soja.

· A pesar de ser considerado de bajo riesgo por la Unión Europea, el biodiésel de soja provoca deforestación y pérdida de biodiversidad.

· Miles de personas apoyan que la transposición de la Directiva de Energía Renovables en España debe de eliminar el uso de cultivos alimentarios para la fabricación de biocombustibles.

La soja es una planta oleaginosa de consumo ancestral en países como China; sin embargo, hoy su producción se orienta a proveer de insumos a diferentes industrias, principalmente la elaboración de piensos para el ganado, la fabricación de productos ultraprocesados y la producción de biocombustibles. Actualmente, la soja es la materia prima que sirve de base para el 26 % del biodiésel que se consume en el mundo, y esa cifra podría aumentar en detrimento de la palma aceitera. Por el momento, esta oleaginosa cubre 124 millones de hectáreas en el mundo, superficie que ha aumentado un 70 % en los últimos veinte años. Y tanto la OCDE como la FAO prevén que la producción de soja siga aumentando, si bien a un ritmo menor.

Los biocombustibles de primera generación –biodiésel a base de aceites vegetales procedentes de soja, palma aceitera u otras plantas, y etanol producido por la fermentación de alcoholes– se ofrecieron como única alternativa ‘verde’, más ecológica y sustentable, a los combustibles fósiles. Bajo ese argumento de la sostenibilidad, la Unión Europea fomentó activamente la producción de biocombustibles, tanto dentro como fuera de sus fronteras. El impulso principal llegó con la Directiva de Energías Renovables de 2009, que establecía como objetivo obligatorio utilizar un 20 % de energía de fuentes renovables, y un 10 % en el caso de los combustibles. Así, se impulsó fundamentalmente el biodiésel, hasta llegar a una producción de biodiésel en Europa de 15.000 millones de litros en 2018. Considerada en su conjunto, Europa es el principal productor de biodiésel del mundo, aunque si se toman los países individualmente, entonces los mayores productores son Estados Unidos y Brasil.

Como respuesta a las demandas socioambientales, que tenían sobre todo que ver con la deforestación en el Sudeste asiático ligada a la expansión palmera, una nueva Directiva de Energías Renovables, de 2018, establecía una categoría de biocombustibles de alto riesgo de cambio de uso de la tierra, que deben reducirse paulatinamente hasta su completa eliminación en 2030 y que en la práctica sólo incluye a los biocombustibles a base de aceite de palma, y aquellos biocombustibles de “bajo riesgo”, todos los demás, que pueden suponer hasta el 7 % del consumo final de energía. En este contexto, y en especial cuando en 2023 comience la obligatoria reducción del biodiésel a base de palma, la soja se perfila como un sustituto ideal, y Estados Unidos, el mayor exportador de soja a Europa, podría ser el principal beneficiario. Los meses siguientes a la publicación de la nueva Directiva, las importaciones de soja aumentaron un 9 %. También es probable que aumente la producción de soja en Europa, que ya ha aumentado en los últimos años, principalmente por los incentivos de la Política Agraria Común.

En España, como en el resto de Europa, el impulso a la industria del biodiésel llegó de la mano de la Directiva de Energías Renovables, aunque la industria ya comenzó su escalada en 2008 y durante el año siguiente triplicaría su producción interna. A partir de 2011, se incrementan de forma importante las importaciones de biodiésel. En 2016, el biodiésel a base de palma alcanza su pico, con un 77,4 % del biodiésel consumido en España; a partir de entonces inicia una caída que va de la mano del ascenso de la soja, hasta llegar a las cifras de 2019: del biodiésel consumido en España, un 11 % era a base de palma y un 28 %, de soja, principalmente argentina.

El panorama podría modificarse en función de los tratados comerciales entre la Unión Europea y otros países o regiones. Aunque fracasaron las negociaciones del polémico Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP, por sus siglas en inglés), se abrió la puerta a un acuerdo entre la UE y los Estados Unidos, que se firmó en 2018 a fin de reducir obstáculos al comercio de varios productos y servicios, entre ellos la soja; esto tendría consecuencias inmediatas y convertiría a los Estados Unidos en el principal proveedor de soja para Europa, en detrimento de Brasil. Por otra parte, la UE firmó en 2019 un Acuerdo de Asociación con el Mercosur, que podría ser clave en lo que tiene que ver con el biodiésel a base de soja, al abaratar las importaciones provenientes de Brasil y Argentina, pero cuyos términos no se han concretado aún. De resultar exitoso, ese acuerdo podría impulsar aún más la producción de soja en el Cono Sur, donde, en países como Paraguay y Argentina, ese monocultivo ocupa ya más del 60 % de la superficie cultivada.

Este informe trata de demostrar que el monocultivo sojero puede resultar tan devastador como el de palma, porque el problema no es una planta – ni la palma, ni la soja ni ninguna otra -, sino el funcionamiento estructural de un sistema agroalimentario que, como dijo Bill Mollison, no está diseñado para producir comida, sino para producir dinero. Lo cierto es que el biodiésel es una falsa solución si lo que pretendemos es disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que provocan el cambio climático. El Informe Globiom, encargado por la Comisión Europea, demostró en 2016 que el biodiésel de palma supone tres veces más emisiones GEI que el diésel fósil, y el biodiésel de soja, dos veces más. Es más: según la Vía Campesina, entre un 44 y un 57 % de todas las emisiones están vinculadas al sistema agroalimentario; la principal causa es la deforestación y la aniquilación de bosques nativos que requiere la expansión de la frontera agraria. Pero los impactos del monocultivo de soja van mucho más allá del cambio climático. La deforestación implica no sólo emisiones GEI, sino pérdida de biodiversidad y una difícilmente cuantificable alteración de los ecosistemas que está detrás, entre otras muchas cosas, del aumento de aparición y rápida expansión de enfermedades zoonóticas como la COVID-19. Otro impacto preocupante del monocultivo sojero, que comparte también con otros monocultivos, es la degradación de los suelos, superior a la que se produce cuando existe rotación de cultivos. Se ha calculado que por cada hectárea de cultivo sojero se pierde entre 16 y 30 toneladas de suelo.

Tal vez el problema vinculado a la soja más conocido tiene que ver con los efectos del glifosato. El monocultivo sojero agroindustrial utiliza una semilla transgénica, patentada por la corporación estadounidense Monsanto -hoy perteneciente al Grupo Bayer- en los años 90, que ha sido modificada genéticamente para resistir al herbicida Roundup Ready, a base de glifosato, entre otras sustancias químicas potencialmente dañinas. Existen numerosas evidencias científicas –y sin embargo, existe todavía una aguda polémica científica- que muestran el vínculo entre el glifosato y enfermedades respiratorias, dermatológicas, aumento de cierto tipos de cáncer, malformaciones fetales y abortos espontáneos, entre otras patologías que se registran en aquellas poblaciones expuestas a las fumigaciones con glifosato. Esta sustancia, obviamente, no sólo daña la salud de las personas, sino de los ecosistemas: contamina el aire, el agua y la tierra. En Argentina ya existen varios estudios científicos que demuestran que el agua de la lluvia contiene glifosato en amplias regiones de país. Esto nos muestra cómo los impactos sociales y los ambientales no son cuestiones separadas, sino las dos caras de una misma moneda.

El monocultivo sojero no sólo desplaza a otras especies vegetales y animales, sino también a comunidades campesinas e indígenas y, con ello, a formas de cultivar y de vivir. La pérdida de biodiversidad tiene su correlato en la pérdida de diversidad cultural. La expansión de la frontera sojera ha implicado el desplazamiento y hostigamiento del pueblo Qom en el norte argentino, del pueblo Guaraní en Paraguay y de los Guaraní-Kaiowá al sur de Brasil. En este último país, el mayor exportador de soja y segundo productor mundial – sólo por detrás, aunque muy cerca, de los Estados Unidos -, la presión de los grupos ecologistas logró que los productores sojeros acordasen una moratoria para el avance de la soja en el Amazonas; sin embargo, la soja sigue avanzando en el Cerrado, un ecosistema de sabana que los expertos consideran tan valioso como la selva amazónica, y que se está deforestando a gran velocidad.

A pesar de estos impactos, no han avanzado las certificaciones de soja sostenible de un modo semejante al de las certificaciones de palma, por ejemplo. La Mesa Redonda de Soja Responsable (RTRS, por sus siglas en inglés) es la más notoria de estas iniciativas, que tienen, no obstante, sus limitaciones. Pues, en realidad, ningún cultivo puede ser sostenible si ocupa el 60 % de la superficie cultivable en un país, como ocurre en algunos países latinoamericanos cuyos casos analizaremos más adelante.

En definitiva, la sustitución de la palma por la soja no es una alternativa: ambos cultivos, y de hecho cualquier monocultivo que se expanda con semejante rapidez, supone una destrucción socioambiental equivalente. Las soluciones que buscamos para una transición energética realmente sustentable pasan por reformas estructurales que deben abordar en su totalidad el sistema energético y alimentario. La Comisión Europea, en su revisión de 2021 del acto delegado sobre biocombustibles, debe disminuir el nivel a partir del cual se establece el umbral de “expansión significativa hacia tierras con reservas elevadas de carbono”, pues ya existen suficientes evidencias de que la expansión de cultivos como la soja provocan deforestación y producen altas emisiones de dióxido de carbono por la conversión de pastizales. El monocultivo de soja es parte del problema, no la solución a los impactos devastadores del monocultivo de palma. Goza, de momento, de mejor prensa que la palma, pero sus impactos son igualmente devastadores. Se necesitan con urgencia políticas alternativas verdaderamente sostenibles, y que pasan por un cambio de paradigma en la forma en que manipulamos la naturaleza. Lo que es insostenible no es la palma aceitera ni la soja: es el sistema de monocultivos dentro de un modelo, el agronegocio, orientado únicamente a obtención de ganancia concentrada en cada vez menos manos.

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