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Por qué no tendrás un buen trabajo en tu vida

Autor: Contexto y Acción (ctxt)

ara buena parte de la población, la expectativa laboral consistirá, cada vez más, en buscarse la vida en el océano de los servicios aberrantes a la población acomodada o en profesiones proletarizadas e infrapagadas.

En anteriores entregas de La crisis es una mierda tratamos de entender por qué la crisis nos hará más pobres. En esta, trataremos de analizar por qué la fuente que nos rescata de la pobreza, el dinero, no llega en cantidades suficientes a nuestros bolsillos. 

Existe una ley que no necesita escribirse y que gobierna nuestra vida desde que nacemos hasta que morimos. Esta podría resumirse así: “Somos trabajo”. Somos criados gracias al trabajo de nuestros padres, estudiamos y nos formamos para el trabajo con el que alimentaremos a nuestros hijos, viviremos de viejos gracias al trabajo de nuestra madurez, y así en todo lo fundamental. Solo en pequeños periodos históricos, y muy recientemente, ha sufrido la fuerza de esta ley alguna ruptura. Su legitimidad, no obstante, sigue siendo abrumadora: como miembros de esta sociedad aportamos con nuestro trabajo al bienestar común, con nuestro trabajo devolvemos el trabajo invertido por nuestros padres y por la “sociedad”. El trabajo es, en definitiva, lo que nos hace ciudadanos, miembros de pleno derecho de la colectividad.

Pareciera que la herencia de las viejas culturas campesinas acopladas al ciclo vegetal, así como al ciclo reproductivo de cada generación, gravitaran todavía sobre nosotros como la pesadilla de la presencia de nuestros muertos. Despojados, sin embargo, de la tierra y entregados al mercado laboral moderno, el trabajo, que debía ser nuestra realización, es nuestra condena, la del simple asalariado que vende tiempo y capacidades a un tercero. Una verdad de perogrullo: trabajamos para obtener el dinero suficiente para comprar todo aquello que necesitamos. Y todo aquello que merecemos, y que está sancionado en forma de derechos (las pensiones, pero en realidad la educación y la salud), pasa por ofrecer esta prestación durante tres, cuatro o cinco décadas de nuestra existencia. En las condiciones corrientes, si no trabajas, no tienes derecho realmente a nada.

El gran problema hoy en día es que la letra de esta ley suena a broma de mal gusto. Sabemos que el dinero circula cada vez más en forma de una “renta” que se obtiene a partir de unos títulos de propiedad (acciones, inmuebles, etc). Y que hoy quien tiene dinero lo obtiene antes por cualquier otro medio (bolsa, especulación, etc.) que a través del trabajo. En definitiva, el viejo intercambio de trabajo por un dinero suficiente para hacer una vida está cada vez más cuarteado. 

El punto está en que las alternativas para obtener dinero sin trabajar solo valen para una minoría, y que, incluso trabajando, solo otra minoría apenas más amplia obtiene lo suficiente. Desempleo estructural, subempleo, trabajo temporal, trabajo en negro… Desde 1973-1979 se repite esta misma cantinela que tiene un reflejo estadístico bestial y sin ambages: parados, subempleados, temporales y contratados sin garantías reúnen, de forma permanente, bastante más de la mitad de la población en activo. Por decirlo brevemente: al menos cinco de cada diez trabajadores tienen problemas para conseguir un empleo estable y suficiente, y con ello el dinero necesario para hacer su vida, pero también los derechos y garantías a los que este empleo está asociado. 

Y, obviamente, un empleo escaso va asociado a unos salarios menguantes. La caída de los salarios es, a pesar de toda presunción de progreso, una tendencia constante. A fin de no perdernos en un mar de datos que podría justificarse con series contables desde la década de 1980, consideremos solo la última década. Para el caso de España, la encuesta de Estructura Salarial señala, por ejemplo, que el salario de la mediana creció entre 2010 y 2020 apenas dos mil euros. Este pasó de 19.000 euros a casi 21.000. Sin embargo, el poder adquisitivo de esos 21.000 euros era un 6% inferior al de 2010. En el caso del salario medio del tramo entre el percentil 0 y el 25 (el 25% de los asalariados con menores ingresos), esta caída fue todavía mayor. Añadan ahora la inflación acumulada por encima del 10% entre 2021 y 2022 y resten las pírricas subidas salariales de ambos años. La tendencia se ha acelerado.

La pendiente a la depreciación salarial se vuelve todavía más significativa cuando se consideran los salarios medios de los grupos más “vulnerables”: mayores de 55 con escasa cualificación, migrantes extracomunitarios y jóvenes. Por centrarnos solo en este último grupo, y a fin de considerar algunas implicaciones a largo plazo de esta devaluación del trabajo, se observa que el empleo peor pagado y de peor calidad se concentra siempre en los jóvenes (y en los migrantes), pero con el añadido de que estos empleos son cada vez peores y se prolongan cada vez más en la vida laboral de las generaciones recientes. 

De nuevo con datos de la misma fuente y para el mismo periodo (2010-2020): los menores de 20 años han visto decrecer sus salarios nominales en más de un 7% (en términos reales un 25%) sobre una cifra que no alcanzaba de media los 10.000 euros en 2020. Los salarios medios del grupo comprendido entre los 20 y 24 años de edad también han experimentado un decrecimiento en términos nominales del 4% (un 22% en términos reales). Para los grupos entre 25 y 29, entre 30 y 34, y entre 35-39 años, los crecimientos nominales han sido modestos, del orden del 2-5%, pero si se considera la capacidad adquisitiva de estos ingresos el resultado es negativo, con caídas del 15%. Sobra decir que para todos estos grupos de edad, el salario está en todos los casos por debajo de la media del conjunto de la población asalariada.

Si a la escasez del empleo-salario se le añade la ausencia de políticas de vivienda y la carestía de los alquileres, las consecuencias de todo ello se vuelven bastante obvias. La condición de minoría de edad se ha extendido en el tiempo: en paralelo a la extensión y prolongación de la precariedad laboral, se extendía y se prolongaba la “juventud”. Se puede comparar así la edad media de emancipación, que en las décadas de 1970-1980 rondaba los 23-24 años de edad, con la actual, que está ya cerca de rebasar los 30. Según otra fuente oficial, el “Informe Juventud en España 2020” del Injuve, en 2010 un 53,3% de jóvenes entre 18 y 34 años aún vivía con sus padres. En 2019, esta condición alcanzaba al 64,5% de este grupo de edad, diez puntos más. El 75% de los jóvenes entrevistados señalaban que no se habían emancipado por razones relacionadas con la falta de estabilidad en los ingresos. 

La tardía emancipación de los jóvenes, asociada a la degradación del trabajo asalariado, condiciona nuclearmente el modelo social. Se trata además de un factor irradiante, que se proyecta en todas las direcciones. Analizamos algunas de ellas. En primer lugar, las dificultades de los jóvenes explican el continuo desacople entre la natalidad efectiva y la natalidad deseada. Según buena parte de las encuestas, el número de hijos por mujer ha estado en estas tres últimas décadas (oscilando entre los 1,2-1,4 hijos por mujer) muy lejos de la tasa de reemplazo generacional situada en 2,1-2,2 y que coincide también con la natalidad subjetivamente expresada. Esta tendencia ha sido apenas corregida por la inmigración de trabajadores extranjeros, que han sostenido la economía de servicios precarizada, el sistema de pensiones y han soslayado los problemas asociados a un Estado de bienestar que apenas cubre las necesidades de infancia y ancianos. (Aviso para navegantes tentados por etnonacionalismos de mira estrecha y racismos de chivo expiatorio). 

En la misma línea, el deterioro del empleo ha redundado en una considerable caída de la movilidad social, y en una sobrevenida centralidad de la familia y de la herencia como elemento central en la reproducción de clase y de las desigualdades sociales. Dicho de otro modo, para los hijos de las clases medias la única perspectiva de sostenerse dentro de ese imaginario sector protegido de la sociedad pasa cada vez menos por el empleo y cada vez más por la ayuda familiar y la herencia. La crisis de la educación y su creciente segmentación social (por medio de la promoción de la educación concertada y privada) no corrigen esta tendencia. Al contrario, la agravan. 

Pero quizás el factor más insidioso sea el sobreenvejecimiento de la población. Este asunto no es solo biológico, en el sentido de que nacen menos niños. Es también una suerte de problema político y cultural: el retraso de la emancipación juvenil prolonga una suerte de “minoría de edad” social. Tal postergación condena toda la energía de innovación cultural y económica de las jóvenes cohortes a los márgenes intrascendentes de una población que no tiene posición laboral e institucional. En los grandilocuentes términos de las retóricas de los “proyectos de país”, “lo más valioso de la nación” (da risa escribir esto, pero hay aquí bastante de verdad) se echa a perder. Se lleva echando a perder casi desde hace cuarenta años. 

Pero volvamos al principio, ¿por qué el empleo es tan malo y tan “escaso”? ¿Por qué hay tan pocas expectativas de que la situación mejore para los jóvenes que vendrán después y para los no tan jóvenes que ya llevan décadas en el mercado de trabajo? Se explicaba en el último artículo de esta serie que la actual crisis es una crisis compleja, que tiene causas inmediatas (crisis de la globalización financiera) y otras profundas (crisis ecológica), pero que ante todo es una crisis capitalista, esto es, una crisis de rentabilidad, que determina niveles relativamente bajos de inversión y por ende de empleo de calidad. 

La razón histórica del deterioro del empleo en los países ricos está precisamente en este punto. Ni hay ni se espera un nuevo gran ciclo de innovación empresarial, creación de nuevos productos y mercados, inversiones gigantescas y decenas o centenares de millones de nuevos empleos productivos y con buenos salarios. Antes al contrario, la relativa atonía del capitalismo de las últimas tres décadas en Occidente ha conducido a una desindustrialización neta y a una proliferación de empleo en el sector servicios mal pagado y altamente precarizado. 

La razón de que este tipo de empleos ofrezca márgenes tan estrechos para la mejora laboral y salarial está en que se trata de empleos que generan poco o ningún valor en términos capitalistas (entiéndase: un trabajo que amplía el capital invertido de forma significativa). En su mayoría, estos empleos o bien son excedentarios (en términos de producción de valor), como los que continuamente demandan los sectores opulentos de estas sociedades en formas tan extravagantes como los personal shoppers, personal trainers, personal coaches, además de jardineros, guardias de seguridad, entretenedores culturales, influencers,etc. O se trata de empleos en sectores económicos maduros con uso intensivo de mano de obra poco cualificada y sometidos a una alta competitividad, como la agroindustria, la logística, la construcción, etc., donde, por la dureza de las condiciones laborales, se concentra el trabajo migrante. O bien son empleos socialmente necesarios (educación, sanidad, servicios sociales, etc.), pero que en sociedades económicamente estancadas resulta cada vez más difícil pagar sin modificar las líneas generales de apropiación y distribución de la riqueza. 

Por todo ello, los buenos empleos, cubiertos con profesionales bien remunerados, van a seguir siendo pocos, al menos en términos relativos. Para la inmensa mayoría, la expectativa laboral es, cada vez más, buscarse la vida en el océano de los servicios aberrantes a la población acomodada o en profesiones proletarizadas e infrapagadas. ¿Pueden las políticas públicas modificar esta situación? ¿Hay margen para una izquierda reformista? Estas serán las preguntas de la próxima entrega de La crisis es una mierda.

Enlace: https://ctxt.es/es/20221101/Firmas/41310/Emmanuel-Rodriguez-tribuna-capitalismo-crisis-trabajo-servicios-inmigrantes.htm

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