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¿Por qué hay más casos de acoso en la clase de Educación Física?

Autor: The Conversation

Es un tópico del cine que no deja de estar basado en la realidad: muchos podemos recordar situaciones traumáticas, ya como víctimas o como testigos, durante la clase de Educación Física en el colegio o en el instituto.

Lamentablemente, muchos alumnos y alumnas experimentan esta asignatura como una de las situaciones menos seguras y confortables de su infancia y adolescencia porque sufrieron humillaciones, burlas, motes y aumentaron sus complejos e inseguridades.

Insultos y burlas que comenzaban de manera puntual durante la clase de Educación Física o en un ambiente deportivo, pero que se podían convertir con el tiempo en un acoso frecuente y prolongado que se transmitía al contexto extraescolar y, hoy día, al virtual.

En un contexto en el que los casos de acoso escolar y ciberacoso son muy elevados (en España, un 25 % del alumnado de primaria y secundaria ha sido víctima, acosador o testigo de estos ataques), la asignatura de Educación Física o, de manera más general, la práctica deportiva son caldos de cultivo en los que la incidencia es mayor.

El informe CASES (Child Abuse in Sport European Statistics) de 2021 resalta que en todos los países en los que se investigó (Austria, Bélgica, Alemania, Rumanía, España y Reino Unido) un 75 % de los jóvenes había sufrido violencia interpersonal en la práctica deportiva durante su infancia. En España este porcentaje era del 78 %.

El mismo informe indica que la experiencia negativa más común en todos los países era la violencia psicológica, con su consecuente repercusión sobre la salud mental. Incluso dentro del ámbito del deporte recreativo, no competitivo, este porcentaje es del 68 %.

Factores de riesgo específicos del deporte

Hay factores de riesgo que aumentan la probabilidad de sufrir acoso escolar: la insatisfacción con el propio cuerpo, problemas con la imagen corporal, la falta de competencia física, la excesiva competitividad de algunos estudiantes, el sobrepeso y la obesidad o la inactividad física. Son factores que generan inseguridades y captan la atención de aquellos jóvenes que asumen el rol de agresores, poniendo el foco en aquellas características que pueden generar vulnerabilidad.

Al mismo tiempo, se sabe que la asignatura de Educación Física y la práctica deportiva tienen un papel fundamental en la mediación y reducción de comportamientos violentos, fomentando la conducta prosocial, el desarrollo personal y social de los jóvenes y la mejora del clima de clase.

La propia idiosincrasia de la Educación Física facilita una mayor interacción entre los estudiantes, estableciendo un mayor contacto y relación entre ellos. Esto provoca que, según la orientación e implicación que se tenga, su práctica pueda tomar dos caminos: por una parte, aumentar la probabilidad de sufrir conductas de aislamiento, rechazo, agresión y problemas de convivencia; y por otra, mejorar la conducta prosocial de los estudiantes, favoreciendo la cohesión de grupo.

Formación de los docentes

Teniendo en cuenta la predisposición de esta asignatura de ser objeto de situaciones de violencia entre iguales, es de especial relevancia la formación de los responsables.

Es fundamental que los docentes de Educación Física y los entrenadores deportivos promuevan y tengan las herramientas necesarias para prevenir conductas de estas características, puesto que esta área de la educación motriz y deportiva se considera un medio idóneo para reducir y erradicar la violencia tanto en el aula como fuera de ella, desarrollando la cohesión de grupo, actitudes prosociales y una mejora en la convivencia.

¿Qué es ser un ‘buen deportista’?

La práctica deportiva no debe centrarse exclusivamente en la competencia física, sino que también tiene que abordar específicamente las habilidades sociales como una vía para evitar el rechazo y la victimización entre iguales.

La integración de manera activa por parte de los docentes o entrenadores deportivos de juegos cooperativos o actividades de expresión, concienciación y limitación corporal permiten abordar esta problemática y prevenir los casos de acoso y de ciberacoso, mejorando la calidad de las relaciones sociales desde edades tempranas.

Aceptar y proteger para una sociedad más justa

Sin duda, las instituciones públicas y las universidades deben abordar la formación inicial y continua de los profesionales. Debemos investigar para dar pautas desde las evidencias científicas y, de esta manera, abordar mejor la prevención e intervención de este problema.

Este esfuerzo fomentará una sociedad más justa, que proteja a la población vulnerable y que promueva una mejor convivencia entre todo el alumnado, lo cual beneficiará y repercutirá en sus comportamientos futuros en la etapa adulta.

Fuente: Mercedes Chicote-Beato, Investigadora predoctoral, Universidad de Castilla-La Mancha y Sixto González-Víllora, Profesor Titular de Universidad en Didáctica de la Educación Física y Pedagogía Deportiva, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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