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Otra normalidad

Autor: Economistas Frente a la Crisis


Poco a poco, van quedando atrás en nuestro país los momentos más terribles de la pandemia; pero en todo el continente americano el virus se extiende con rapidez, y resulta aún incierta la fecha en la que podremos considerar superada esta amenaza global.

Así que iremos saliendo poco a poco de este inédito paréntesis, recuperando comportamientos y actividades, pero conviviendo –quien sabe durante cuánto tiempo– con el riesgo de un repunte de la Covid-19 antes de que exista una vacuna eficaz.

Será, sin duda, una ‘normalidad’ diferente, en la que resultará crucial aplicar las lecciones de esta crisis, y al mismo tiempo impedir que sus efectos más graves recaigan sobre los más desfavorecidos: ambas cuestiones van estrechamente unidas, porque la principal lección es la vulnerabilidad de la especie humana ante las consecuencias de nuestro modelo de vida y de nuestra estrecha interdependencia con el resto de los seres vivos.

Desde hace tiempo, la comunidad científica alerta sobre el progresivo deterioro de los equilibrios ecológicos a causa de la destrucción de los ecosistemas y de todo tipo de contaminación, consecuencia de los modos de producción y de consumo imperantes. La evidencia del cambio climático causado por la emisión de gases de efecto invernadero se ha incorporado ya a la agenda política de muchos países; sin embargo, otros desequilibrios ambientales aún carecen de suficiente atención por parte de los poderes públicos. Es el caso del dramático declive de la biodiversidad, reflejado en la rápida desaparición de especies, a un ritmo equivalente a tres especies cada hora.

Este proceso es la consecuencia de prácticas generalizadas: deforestación y destrucción de hábitats para determinados usos del suelo, infraestructuras que alteran la vida de la fauna terrestre y fluvial, contaminación del suelo y del agua con nitratos y otras sustancias químicas, introducción de especies invasoras…, así como del propio calentamiento global, que favorece la aparición de enfermedades y de plagas en territorios hasta ahora libres de las mismas.

Cada especie cumple un papel en el mantenimiento de los imprescindibles equilibrios que garantizan la vida: por ejemplo, la desaparición paulatina de las abejas tiene gravísimos efectos para la seguridad alimentaria, garantizada por su función de polinización. O la extinción de los salmones, con su reproducción obstaculizada por las presas que impiden su remonte en los ríos.

En los últimos diez años, el 75% de las enfermedades infecciosas son de origen animal (zoonosis): las bacterias y los virus, principales agentes patógenos, están adaptados para sobrevivir en un determinado nicho, gracias a la simbiosis con otras especies. Ese equilibrio está degradándose por la extinción y por el comercio –en muchos casos ilegal– de dichas especies, que provocan la transmisión de los patógenos hacia los seres humanos, tras transitar en determinados animales objeto de consumo. Todo indica que así ha sucedido también en el caso de la Covid-19, a partir de murciélagos en contacto con algunas especies transmisoras.

La denominada “nueva normalidad” deberá incorporar en la actividad humana principios de precaución, para evitar el contagio y estar preparados ante eventuales repuntes del virus; y para prevenir la aparición y transmisión de nuevas pandemias. En ese enfoque preventivo cobra importancia la recién publicada hoja de ruta hacia 2030 de la Comisión Europea, sobre preservación de la biodiversidad, como parte del “Pacto Verde” al que se condicionarán buena parte de los presupuestos comunitarios. Esta hoja de ruta incluye objetivos ambiciosos sobre reducción de fertilizantes y plaguicidas, incremento del porcentaje del suelo agrario destinado a la agricultura ecológica, restauración de bosques, humedales y ecosistemas fluviales, aumento de los espacios protegidos terrestres y marinos, eliminación del apoyo a técnicas destructivas de pesca… Todo ello debería haber formado parte de la ‘normalidad’, si entendemos que las políticas públicas deben ‘normalmente’ tener en cuenta el conocimiento científico para contribuir al bienestar y al progreso. Es evidente que no ha sido así, en gran medida porque no se ha considerado el valor de los servicios aportados por la riqueza biológica, que mantiene la trama de la vida y garantiza también la salud humana.

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