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Mujeres en el teatro: el telón de cristal

Autor: Pikara Magazine

La mayor parte de las consumidoras culturales son mujeres y, sin embargo, su invisibilidad como creadoras y profesionales del teatro supone uno de los dramas de la dramaturgia en España. Actrices, directoras de compañías, empresarias, estudiosas y asociaciones constatan el papel de eternas secundarias que cumplen las mujeres sobre el escenario, en unas tablas todavía más carcomidas por los efectos del coronavirus. Os invitamos a asistir al espectáculo en el que el teatro representa en realidad la historia del techo de cristal que parece nunca acabar. Abramos ese peculiar telón de cristal.

Las cuentas no salen en la billetera

Los números hablan y las cuentas no salen. A finales de 2020 -13 años más tarde de la publicación de la Ley de Igualdad- se emite el primer Informe sobre la aplicación de la Ley de Igualdad en el ámbito de la cultura, del Observatorio de Igualdad de Género (perteneciente al Ministerio de Cultura y Deporte), y del que se extrae la misma tónica que en otros ámbitos: pocos avances.

En la cola de entrada a los teatros vemos mayoritariamente mujeres, amplias consumidoras y usuarias de cultura en formato analógico. Es necesario subrayar que si la disciplina cultural implica algún dispositivo tecnológico (como en fotografía o vídeo) hay más varones usuarios, lo cual arroja a su vez una lectura sobre la brecha digital en relación al género.

Mientras se sigue el protocolo de entrada al teatro, veremos profesionales ajustando luces y alguna cuestión de atrezo de última hora. Seguramente serán hombres, ya que solo el 27 por ciento de estos puestos lo ocupan mujeres, una desigualdad que solo cambia en los ámbitos de coreografía y vestuario. Dando un paso atrás, en la formación, las estudiantes de artes escénicas suponen un 60 por ciento. A pesar de esa predominancia, con toda probabilidad esta cola esté esperando para ver una obra escrita por un hombre, pues solo el 35 por ciento de las producciones teatrales en el Registro General de la Propiedad Intelectual están firmadas por mujeres. De esta manera, y según el citado informe, la industria teatral crea sus propios valores y cánones en los que las visiones femeninas, “que aportan un foco sobre las minorías y la diversidad”, en palabras de la compañía teatral Voadora, se encuentran invisibilizadas.

Si observamos la programación, constataremos que la mayor parte de las obras que se exhiben en cualquier teatro están fechadas en los mismos días: 25 de noviembre y 8 de marzo. “Sigue habiendo estacionalidad alrededor de estas dos efemérides”, sentencian desde Chévere, compañía galardonada con el Premio Nacional de Teatro en 2014. Las integrantes de A Panadaría (ganadoras del premio María Casares que reconoce el mejor espectáculo gallego durante 2018) detallan que “el pinkwashing llegó también a las artes escénicas, y para nosotras resulta vital que haya una apuesta real por la igualdad en lugar de una estrategia comercial”. Las mallorquinas As Marias concluyen que se trata de que detrás de los programas “se genere pensamiento y un trabajo con el público”.

“Está claro que el filtro en la programación parte de una posición paternalista y conservadora, pensando que ya se sabe todo del público sin ningún tipo de estudio que lo justifique -explica la investigadora Gena Baamonde– o bien se quiere reflejar lo menos posible cualquier posibilidad de cambio”. Sobre ese posible cambio explicitan desde A Panadaría la capacidad del teatro de comprometerse social y políticamente, y se cuestionan dónde está el teatro de las racializadas, de las diversas funcionales, de les no binaries, de las gordas, de las gitanas… “Restringido a espacios pequeños y en malas condiciones”, lamentan.

La compañía gallega Verdeverás lanza la pregunta de qué consideramos feminista y también responde: “Es algo que interesa socialmente, pero que corre el riesgo de llamar solo al público que ya está posicionado”. Las Huecas, suerte de colectivo escénico, recoge el guante y plantea dejar de usar el término feminista “como un atributo cualitativo para describir las obras artísticas de las mujeres”. Plantea, de hecho, cuáles son los requisitos para considerarse tal, “pareciera que debemos dar respuesta a la oferta de discursos feministas complacientes con un público concreto”, comentan. “Las profesionales del teatro somos feministas, pero por encima de todo somos actrices, directoras… y como profesionales nos merecemos más respeto: quiero hablar sobre mi trabajo, es una demanda legítima que un hombre nunca se verá obligado a pronunciar”, añaden.

El informe de aplicación de la Ley de Igualdad recoge que hay cada vez mayor presencia de las mujeres en el teatro, si bien este porcentaje no resulta paritario (del 17 al 37 por ciento desde 2010). Las Huecas sostienen que, aunque cada vez hay mayor presencia de mujeres en las artes teatrales, el problema se encuentra en que “los hombres siguen teniendo más visibilidad, sobre todo en esos roles que jerárquicamente están mejor posicionados”.

“Está claro que el filtro en la programación parte de una posición paternalista y conservadora, pensando que ya se sabe todo del público sin ningún tipo de estudio que lo justifique -explica la investigadora Gena Baamonde– o bien se quiere reflejar lo menos posible cualquier posibilidad de cambio”. Sobre ese posible cambio explicitan desde A Panadaría la capacidad del teatro de comprometerse social y políticamente, y se cuestionan dónde está el teatro de las racializadas, de las diversas funcionales, de les no binaries, de las gordas, de las gitanas… “Restringido a espacios pequeños y en malas condiciones”, lamentan.

La compañía gallega Verdeverás lanza la pregunta de qué consideramos feminista y también responde: “Es algo que interesa socialmente, pero que corre el riesgo de llamar solo al público que ya está posicionado”. Las Huecas, suerte de colectivo escénico, recoge el guante y plantea dejar de usar el término feminista “como un atributo cualitativo para describir las obras artísticas de las mujeres”. Plantea, de hecho, cuáles son los requisitos para considerarse tal, “pareciera que debemos dar respuesta a la oferta de discursos feministas complacientes con un público concreto”, comentan. “Las profesionales del teatro somos feministas, pero por encima de todo somos actrices, directoras… y como profesionales nos merecemos más respeto: quiero hablar sobre mi trabajo, es una demanda legítima que un hombre nunca se verá obligado a pronunciar”, añaden.

El informe de aplicación de la Ley de Igualdad recoge que hay cada vez mayor presencia de las mujeres en el teatro, si bien este porcentaje no resulta paritario (del 17 al 37 por ciento desde 2010). Las Huecas sostienen que, aunque cada vez hay mayor presencia de mujeres en las artes teatrales, el problema se encuentra en que “los hombres siguen teniendo más visibilidad, sobre todo en esos roles que jerárquicamente están mejor posicionados”.

A este legado le cuesta superar ciertos sesgos: las mujeres ocupan el 42 por ciento de los puestos de interpretación, pero solo el 27 por ciento de las autorías y el 28 por ciento de la dirección de obras, según destaca la Asociación Clásicas y Modernas en su estudio ‘¿Dónde están las mujeres [en las artes escénicas]?’. “La presencia mayoritaria de féminas se encuentra en trabajos entendidos con doble rasero según el género: vestuario, caracterización, interpretación… Las actrices se asocian a un estereotipo de muñeca no pensante y nunca se perciben como co-creadoras”, argumenta Gema Baamonde.

“¿Cuándo llega el técnico?”. La situación en las profesiones técnicas se describe con esta pregunta que les suelen formular a las integrantes de A Panadaría. Manifiestan su compromiso por tejer red creando equipos íntegros de mujeres “para romper la inercia machista”. Las Huecas destacan, en este sentido, el asociacionismo como clave para desencorsetar esa desigualdad, y señalan iniciativas como el grupo feminista Técnikas, en Cataluña, que ofrecen una red y plataforma de empleo a mujeres profesionales de ámbitos como iluminación o sonido.

Tramoyistas, apuntadoras: soluciones para que siga el espectáculo en femenino

Precisamente, el asociacionismo es una de las claves para, por una parte, tener una foto fija de la situación actual y, por otra, trazar planes de futuro. La Liga de Las Mujeres Profesionales del Teatro de España es una de las agrupaciones que desde 2016 visibiliza las artes escénicas en femenino. La primera de las soluciones la tienen clara: “Que se penalice a teatros y empresas que no están respetando la Ley de Igualdad, porque las recomendaciones no han servido de nada en estos últimos años”, detalla su presidenta, Beatriz Velilla. La Ley de Igualdad aprobada en 2007 garantiza la presencia paritaria de mujeres en todos los ámbitos, desde el empresarial hasta el cultural, si bien tan solo en el ámbito empresarial se aplican sanciones, algo que señalan desde los colectivos gremiales.

La Liga unió fuerzas con asociaciones como Clásicas y Modernas, que promovió la iniciativa Temporadas de Igualdad para que teatros y festivales de España tuvieran un porcentaje igualitario en su programación continuada, para así romper la presencia de mujeres en ciclos y potenciar en su lugar una programación regular. A pesar de estas propuestas, los números no salen. Además, hay otro factor que ha acabado de carcomer las tablas del escenario: la pandemia sanitaria.

La cultura segura: vacunas contra el apagón sectorial

El coronavirus ha afectado a todos los sectores económicos, y en el cultural ha provocado iniciativas de respuesta como un apagón en redes sociales tras las solicitudes de acciones y programas gratuitos durante el confinamiento de marzo de 2020. Según Econcult, el Área de Investigación en Economía de la Cultura y Turismo de la Universidad de Valencia, un 64 por ciento de entidades han aceptado realizar trabajos sin recibir retribución por ello. Señalan este voluntariado como uno de los aceleradores de la precariedad. Unos aceleradores que desde la Liga destacan que tiene sesgo de género, pues tras haber realizado una encuesta a sus asociadas extrajeron que un 92 por ciento sufrieron una cancelación total o parcial de sus espectáculos.

Tras la desescalada, la reapertura de teatros vino acompañada de un aumento en la burocracia o de cuestiones problemáticas como no tener dónde comer en ruta, como señalan en Chévere. A Panadaría anota la sobrecarga de las limpiadoras ,“porque siempre son mujeres”, indican- con los protocolos de desinfección.

Asociados a las consecutivas olas de coronavirus se produjeron los primeros cierres de teatros. Todas las compañías y asociaciones consultadas coinciden en criticar esta medida tomada de forma unilateral por las instituciones, tanto a escala local como regional, y lo atribuyen a una necesidad de proporcionar una falsa sensación de seguridad en la población. La paradoja se describe con estas dos situaciones relatadas por Chévere: “En Galicia se limita un aforo de 30 personas así haya 1.000 butacas o 100; o puedes ir a un bolo que acaba siendo cancelado en un avión repleto de personas. Mientras, cierras teatros, donde hay protocolos de entrada y de salida establecidos”.

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