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Lo que la Covid-19 puede enseñarnos del VPH, el VIH y otros virus

Autor: Pikara Magazine

La avalancha diaria de noticias sobre la peor pandemia desde 1918 nos puede resultar útil. El estigma sobre determinados virus hace que consideremos unas infecciones más dignas que otras y que se queden en el olvido, por ejemplo, los más de 32 millones de muertes desde el comienzo de la epidemia del virus de inmunodeficiencia humana o VIH, causante del SIDA. Se olvida, además, el inmenso impacto en millones de personas contagiadas, sus familiares y sus amistades. ¿Dónde nos deja eso como sociedad, cuando aparentamos tanta preocupación por la salud, los virus y los contagios? ¿Interesa más el miedo que el cuidado? 

Esa infección cultural, ese valor relativo que se da a las infecciones dependiendo de quién se contagia y con qué virus, no afecta solo a las víctimas directas: afecta a nuestras relaciones sociales, a nuestra confianza mutua, a nuestra culpa, al estigma que aprendemos de cómo nos tratan los servicios públicos, al presupuesto que se destina a unas infecciones y no a otras, a la discriminación según el virus del que te contagias, a nuestra idea de una sociedad justa sobre qué “se debe hacer con quien se contagia” a modo de castigo o premio por su conducta. Considerar a algo “sexual”, o no, afecta a muchísimas facetas de una realidad diferente, dependiendo del virus del que estemos hablando, aunque sus formas y capacidad de transmisión se parezcan tanto.

El tsunami informativo que hemos recibido sobre los virus nos puede valer para comparar lo aprendido con el coronavirus con lo que conocemos popularmente como papiloma (que es causado por los virus del papiloma humano o VPH, un centenar largo de virus diferentes) y lo que conocemos como herpes (que se transmite principalmente mediante dos virus: VHS1 y VHS2)

La Covid-19, papiloma y herpes

Lo primero que hay que tener presente con estos dos virus (VPH y VHS) es que son muy contagiosos. La infección por el virus del papiloma humano (VPH) constituye la enfermedad de transmisión sexual más frecuente y es tan contagioso que la inmensísima mayoría nos contagiaremos, o ya nos hemos contagiado, en algún momento de nuestra vida.

Respecto al herpes, dos de cada tres personas tienen herpes tipo 1, pero no tienen síntomas. Una de cada siete personas tiene herpes genital tipo 2. Podemos intentar tranquilizarnos pensando que el herpes genital es menos común, pero no olvidemos que el tipo 1 es fuente común del tipo 2 y que a mucha gente nos encanta juntar nuestras bocas con los genitales de otras personas… Sumemos a eso que el herpes es muy contagioso y no tiene cura. El VPH se puede pasar por contacto piel con piel de los genitales, pero también con la boca, lengua. Algunos virus, como el VHS2, herpes tipo 2 o herpes genital se transmiten casi exclusivamente por el contacto de genitales.  En frases así es fácil fijarse en las palabras “virus”, “contacto”, “genitales” y pasar por alto “casi”. Es decir, las vías de contagio de estos virus tan contagiosos son muchas. Y nos contagiamos constantemente. Todo el mundo.

¿Qué podemos aprender del coronavirus?

Con el coronavirus se ha popularizado la palabra “asintomático” para referirnos a los casos en que alguien se contagia, pero no desarrolla síntomas de la infección y, si no se aísla, sigue contagiando a otras personas. En las infecciones por papiloma y herpes también hay un altísimo número de casos asintomáticos que contribuyen a que se siga transmitiendo el virus. ¿Por qué no hacer análisis y saber quién lo tiene? Porque los tenemos casi todo el mundo. Nos podemos contagiar y no tener ningún síntoma ni desarrollar la enfermedad. Podemos no desarrollarla, creer que no nos hemos infectado y, así, seguir contagiando a más personas.

Hemos aprendido también que exactamente el mismo virus puede provocar efectos muy diferentes, según quién se haya infectado. A una persona le puede provocar síntomas muy leves mientras que puede matar a otra. Y no solo depende de si se tienen patologías previas, sino de toda una serie de factores individuales que aún no se comprenden del todo pero que pueden hacer que la infección ni se note o que se complique mucho, que queden secuelas (aparentemente) permanentes e incluso llegar a la muerte. Lo mismo que pasa con el papiloma y el herpes, y la posibilidad de que se provoque un cáncer, dolor crónico, encefalitis. En resumen, no pueden diagnosticar Covid-19 a dos personas y que tengamos unos síntomas y una evolución de la enfermedad totalmente diferentes. Es potencialmente mortal, pero no siempre lo es. Cada contagio no termina con una muerte, solo un pequeño porcentaje de los millones de contagios. Y así, nos podemos infectar de papiloma y no tener síntomas, o que se solucione solo (como en una gran mayoría de casos una vez hemos generado anticuerpos) o puede llegar a provocar cáncer de útero. Pero cada contagio no termina con cáncer, solo en un pequeño porcentaje de los millones de contagios. Ni el herpes provoca sus efectos más graves en cada persona infectada.

La salud siempre es colectiva

Hemos aprendido que los contagios son una cuestión colectiva. Se salva todo el mundo o afectará a todo el mundo. Y si no se es capaz de tener esa visión colectiva, es fácil de entender desde una visión más individualista. Aunque no nos contagiemos con coronavirus, si nos pasa algo grave, no nos podrán atender en urgencias si los servicios sanitarios están saturados con miles y miles de casos de Covid-19. Es fácil comprender que se dejará de atender a pacientes con otras enfermedades, con cirugías pendientes, con situaciones menos urgentes. Que se sobrecargará de trabajo a todo el personal de los hospitales, tanto sanitarios como no sanitarios. Que se provocará desabastecimiento, por ejemplo, de guantes de látex, mascarillas, gel hidroalcohólico, papel higiénico, harina o levadura.

En cambio, con los virus del papiloma y el herpes, al sumarle el adjetivo “sexual” (como eufemismo de “genital” cuando en realidad nos los transmitimos con todo el cuerpo) se cree que hablar de esas infecciones debe quedar reservado a lo íntimo. Es ese trato en los centros de salud, esas críticas más morales que sanitarias, esos servicios sanitarios especializados a los que se va recortando financiación a favor de las clínicas privadas, esas noticias que informan desde la alerta, esa educación desde el miedo, lo que nos hace tan susceptibles a la culpa cuando nos contagiamos de algo que se contagia todo el mundo. La realidad es que la información, la educación, los tratamientos y evitar la discriminación son una cuestión de salud colectiva, de cómo afecta a nuestras emociones y a nuestras relaciones más cercanas e importantes. Los contagios van mucho más allá de lo sanitario y afectan a todo el mundo de más formas de las que somos capaces de prever.

Protección

Hemos aprendido que hay personas que han tenido muchísimo cuidado, pero se han terminado contagiando. Y que otras personas no se han contagiado, sin entender cómo ha sido posible, a pesar de haber convivido con positivos. No es tan fácil saber dónde nos hemos contagiado y dónde no y, por eso, por ejemplo, integrantes del Ministerio de Sanidad o personal sanitario se han contagiado donde no se lo esperaban. Y lo mismo se aplica al papiloma y el herpes. Tu nivel de protección reduce las posibilidades de contagio, pero no las elimina totalmente. La probabilidad de infectarse y sufrir la enfermedad no sólo depende de nuestras medidas de protección sino de toda una serie de factores personales y circunstanciales. Hemos aprendido que, si nos hemos contagiado de coronavirus, lo más efectivo para reducir la probabilidad de contagio es aislarnos durante más de una semana. Y en una estrategia similar, la castidad, será lo único que funcione si consideramos “genitales” o “sexuales” a algunas infecciones.

Responsabilidad

Hemos aprendido que hay grados muy diferentes de responsabilidad, hay muchas maneras diferentes de enfrentarse a un virus que se contagia muy fácilmente: hay quienes quieren llegar al “riesgo cero” (que solo es posible con una EPI o equipo de protección individual, sea frente al coronavirus, el papiloma o el herpes) y quienes se van de fiesta sin mascarilla antes de visitar a su familia porque no les parece tan grave o porque no sabe que son virus tan comunes. Ante los contagios de virus, hay quienes perciben más riesgo (quienes tienen más miedo a contagiarse o contagiar a alguien) y quienes perciben menos.

Culpa

Hemos aprendido que, cuando hay consecuencias graves para la salud, hay diferentes grados de culpa. Hay quienes han recibido una educación o un trato que les hace muy susceptibles a ella y quienes no la sienten nunca. Si repasamos todo lo dicho hasta aquí sobre el coronavirus, se puede deducir que depende de muchísimos factores diferentes que un contagio termine en una UCI, en secuelas permanentes o en una muerte. Frente a eso, hay quienes son más susceptibles a la culpa y creerán que todos los contagios de su entorno son su responsabilidad y quienes siempre creerán que no son responsables de nada.

Lo mismo sucede con quien se hace un análisis y descubre que se ha infectado con el virus de papiloma o herpes: hay quienes se preocupan por todas las personas a las que pueden haber contagiado. Y cuanto mayor es la ignorancia y el estigma en los que se nos educa respecto a los virus llamados “sexuales”, más fácil es que sintamos vergüenza, culpa y/o miedo en lugar de valorar qué decisiones debemos tomar, como en cualquier otra infección. A eso podemos sumar que, en la información que se nos da para luchar contra los virus, siempre se diluye la responsabilidad de nuestras condiciones de vida (en las que, según quienes, a veces tenemos poca capacidad de elección). El peso se traspasa a nuestra responsabilidad individual, como si fuera “nuestra culpa” que se hayan muerto familiares y amistades muy cercanas. Como si fuera “nuestra culpa” necesitar servicios públicos, educación, tratamientos y medicación para virus muy comunes y muy contagiosos, haciéndonos creer que somos irresponsables, personas promiscuas o con prácticas de riesgo, aunque sean prácticas muy comunes.

Nuestra sensación de culpa no depende tanto de lo que hacemos como de lo susceptibles que somos a sentirla o del estigma que se haya colocado sobre un virus determinado, o un colectivo al que pertenecemos. En la pandemia de la Covid-19, ser menor de edad fue sinónimo de supercontagiador. Más tarde, “la culpa” era de adolescentes que se iban de fiesta y sin mascarilla. Luego, de quienes venían de una comunidad autónoma o ciudad determinada. Incluso se ha hecho recaer en las poblaciones más vulnerables y en los barrios más pobres, achacando los contagios a “su modo de vida”. Lo mismo se hace con las infecciones llamadas “sexuales”, rodeadas de culpa, estigma y vergüenza.

Hemos aprendido que, al hablar de contagios, nuestras decisiones afectarán a la confianza, a la importancia de nuestros vínculos, a nuestras relaciones más cercanas ¿A quiénes de esos vínculos tan relevantes en nuestra vida les hemos “confesado” que, quizá, hemos tenido un contacto de riesgo unos días o unas horas antes?¿Qué contactos de riesgo hemos decidido ignorar o de cuáles no nos hemos dado ni cuenta? ¿En qué momento hemos dejado de calcular todos los contactos de riesgo que hemos podido tener las personas de una “burbuja”? Nos han impactado las decisiones sobre con quién convivir la cuarentena, con quiénes arriesgarse y con quiénes no, a quiénes hemos dejado de ver y a quiénes no, a quiénes hemos priorizado y a quiénes les hemos dicho que ya nos veremos. Nos ha afectado cómo alguien ha preferido no vernos a correr un riesgo que en nuestro caso no nos parece tan grave. A nuestras relaciones les ha afectado ver cómo valoramos el riesgo, el poco cuidado que les parece que tenemoscuando estamos hablando de virus muy, muy contagiosos.

¿Significa todo esto que ha llegado el apocalipsis? ¿Significa que no debemos preocuparnos porque, hagamos lo que hagamos, nos vamos a contagiar?  Aquí es cuando debemos repasar todo lo aprendido del coronavirus y aplicarlo a otros virus muy contagiosos. Si no usamos mascarillas cuando hay una pandemia de Covid-19, o condones cuando nos hemos contagiado de VPH o herpes, empeoramos la situación para todo el mundo. Y no hacernos pruebas cuando tenemos síntomas o contacto con positivos, o que los servicios públicos lo hagan tan complicado o te interroguen, solo ayuda a discriminar y estigmatizar a quienes nos hemos infectado. Y somos muchísima gente quienes nos infectamos. Porque, volvemos al principio, son virus muy contagiosos y hay una inmensa mayoría de contagios asintomáticos.

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