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La responsabilidad de una Europa feminista.

Autor: economistas frente la crisis.

La pandemia COVID19 como desafío global, ha vuelto a poner sobre el tapete el debate sobre los límites del Estado nación, y si una entidad supraestatal como la Unión Europea (UE) puede funcionar como su alternativa, como diría Robert Schuman, no sólo para Europa, sino para el mundo. Desafíos como la propia pandemia, la globalización, el cambio climático o la digitalización suelen esgrimirse como problemas demasiado globales para ser tratados dentro de los límites del estado nación. Hace ya un tiempo que investigamos si la transformación feminista de nuestras sociedades entraría también en este marco. Si la UE es o podría ser más feminista que sus estados miembros y qué fuerzas serían las que limitan que esto ocurra.

El periodista Xavier de Mas Xaxàs escribía hace un par de días en un artículo de La Vanguardia titulado «La responsabilidad de ser Europa«, que hay vida más allá del estado nación y que es una responsabilidad de Europa el demostrarlo consolidándose. Partiendo de las investigaciones del historiador Timothy Snyder, de Mas Xaxàs decía que la UE era la mejor respuesta a la cuestión crucial del imperialismo. Al imperialismo de EE.UU, Rusia o China, como naciones explotadoras de la tierra exhausta y que continúan comportándose como imperios por el pánico ecológico; la deshumanización del diferente; y la destrucción y privatización del estado. Características que los hacen enemigos de la UE como alternativa a su imperialismo. Una UE que despierta también enemigos internos, ya sean los gobiernos de los estados mal llamados frugales que limitan la construcción de una Europa fuerte, o aún peor, los gobiernos nacional populistas húngaro o polaco que no respetan el estado de derecho, minando los principios fundacionales de la UE.

Resulta que muchos de esos enemigos de esa alternativa al estado nación y a la «cuestión crucial del imperialismo» llamada UE, son también abiertamente antifeministas y homófobos: Trump, Putin, Orban o Duda. Y lo son porque el feminismo está hoy por hoy en la vanguardia de la defensa de la democracia, el estado de derecho y los valores fundamentales. Quiere eso decir que ¿es la UE es una institución feminista y con un gobierno feminista? O por el contrario,  que no podría serlo como esgrimen muchos defensores de los derechos sociales que consideran que éstos sólo pueden materializarse en el contexto del estado nación que es donde pagamos nuestros impuestos y donde disfrutamos de los derechos asociados a una ciudadanía concreta. No se trata de un debate menor.

El «trilema de la economía mundial» acuñado por el economista Dani Rodrik plantea la existencia de un trilema entre globalización, soberanía del estado nación y democracia: cuanto mayor es el énfasis en la globalización, menor será el espacio para las diferencias nacionales de organización social y económica, y más pequeño el espacio para adoptar decisiones democráticas a escala nacional y, por tanto, menor el espacio para políticas de igualdad efectivas.

Si bien, las respuestas a la crisis de la COVID19 están activando nuevamente todas las alertas ante potenciales retrocesos al respecto. Nunca hay que olvidar, que la arquitectura comunitaria de género convive con realidades nacionales muy dispares. Según los últimos datos disponibles en el Instituto Europeo de Igualdad de Género (EIGE), la UE registra un índice de igualdad de género de 67.4 sobre 100, por debajo de países como Suecia (83.6) o Dinamarca (77.5), pero por encima de otros como Grecia (51.2), Hungría (51.9) o Eslovaquia (54,1). Este espejo constante y la actuación de la Comisaría de igualdad, la socialista Helena Dalli, y la presión del Parlamento Europeo, han hecho que el impacto desigual de género de la crisis de la COVID19 haya estado presente al menos en la literatura de los planes de reconstrucción y las declaraciones institucionales.

Esto sin duda ha animado a muchos estados miembros a desarrollar medidas orientadas a combatir el aumento de la violencia de género experimentado en todos los países, o socorrer a personas con menos renta entre las que abundan las mujeres, o poner en marcha mecanismos de apoyo para el cuidado de niños para que sus progenitores hayan podido desarrollar trabajos considerados esenciales donde también abundan las mujeres mayoritarias en el ámbito del cuidado. Sin embargo, otros estados miembros como Hungría han aprovechado el estado de alarma para aprobar la no ratificación del Convenio de Estambul. Pero por eso y por otras medidas contrarias al respecto del Estado de derecho, se estudia sancionarlo. Aunque los problemas que existen dentro del Consejo para aprobar el plan de recuperación presentado por la Comisión, pueda implicar no establecer finalmente sanciones.

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