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La Covid y el mito de un mundo sin mal

Autor: Revista Utopía (Jesús Bonet Navarro)

Un virus inesperado y avasallador nos ha hecho cambiar planes, plantearnos preguntas, dejar de poner nuestra confianza en mitos y constatar lo frágiles que somos. Había demasiadas puertas abiertas, que han facilitado la expansión del virus y la destrucción de nuestras seguridades. Tenemos mucho que aprender.

¡Qué frágiles somos!

Desde que comenzó la expansión de la enfermedad, muchos compañeros de profesión nos unimos, de modo voluntario y gratuito, para atender por teléfono emergencias psicológicas. En principio, nada de lo que llegaba nos resultaba nuevo: ansiedad, miedo, duelo, frustración, depresión, soledad, desesperanza, agresividad, muerte, impotencia ante la adversidad, amargura, desencanto, rebelión contra la realidad, violencia, pérdida del sentido de la vida…; nuestro campo habitual.

Nadie había invitado al virus

Sin embargo, sí había algo radicalmente nuevo: la brutalidad con que esos cuadros clínicos aparecieron juntos en la población, la enorme carga de angustia existencial comunitaria que acarrearon y la ausencia de preparación emocional para asumir que un agente patógeno acelular y submicroscópico pudiera poner patas arriba todas nuestras supuestas seguridades, descubriendo que somos enormemente frágiles. Un virus, al que nadie había invitado a su casa, estaba expulsándonos de nuestro imaginario paraíso.

¿Un mundo sin mal?

Es el mito creído por casi todas las culturas. ¡Seréis como dioses, seréis inmortales! Ese es precisamente el reconocimiento de lo que no somos, aunque pretendamos serlo. Lo cierto es que no sólo los mitos antiguos sino también el mito de un paraíso científico-tecnológico saltan por el aire.

En un mundo desacralizado los dueños del mundo parecen ser los algoritmos desarrollados por supercomputadoras que manejan los macrodatos. Gracias a la inteligencia artificial y a la bioingeniería se podrían crear “transhumanos” y “posthumanos” que vivirían en un nuevo paraíso con una vida muy prologada, casi inmortal, con eliminación del dolor, con los trabajos mecánicos realizados por robots y con una felicidad fundamentalmente bioquímica; todo estaría previsto y controlado por los algoritmos. Pero llega un virus que nadie controla y se ríe de todos los mitos.

No reconocer que somos finitos (limitados), frágiles, mortales y que nadamos en la incertidumbre, es eludir la realidad y quedarse sin recursos psicológicos ante la frustración. No existe un mundo sin mal, y frecuentemente ese mal lo producimos nosotros explotando irracionalmente el planeta, provocando el caos medioambiental y acentuando las desigualdades sociales y la pobreza.

Teníamos demasiadas puertas abiertas

En el ámbito de la salud, estaba descuidada la sanidad pública: recortes, privatizaciones, alas enteras de hospitales cerradas, personal sanitario bajo mínimos, atención primaria saturada, urgencias desbordadas, inversiones ridículas en personal e infraestructuras, equipos de protección insuficientes. Pero muy poca gente salía a reivindicar la sanidad pública.

En el ámbito psicosocial, el pensamiento dominante era el contrario al necesario para afrontar el miedo (el pavor) colectivo: una sociedad que educa sólo para el éxito (para ser “ganador”), pero no educa para la frustración (para ser “perdedor”); que educa para la seguridad, pero no para la incertidumbre y el riesgo; que educa para el conformismo social, pero no para la indignación y la creatividad; que educa para controlar racionalmente, pero no para la sensibilidad y la empatía; que educa para el individualismo, pero no para el “nosotros”; y que educa para evitar la adversidad, pero no para buscar el sentido de lo que hacemos.

Entonces, ¿qué podíamos esperar?

Pero algo podemos aprender

Hay muchas cosas que la ciencia no puede resolver ni pueden comprarse con dinero. Vendrán vacunas y tratamientos médicos; los necesitamos. Pero también vendrán otros problemas y nuevas pandemias, y reaparecerán los interrogantes humanos de siempre sobre qué es lo que da sentido a la vida. Por eso hay muchas cosas que aprender o reaprender.

Entre otras: que no puede comprarse la vida; que es poco inteligente gastarla en conseguir dinero para tener objetos innecesarios; que es importante vivir cada momento y que la confianza en nuestros planes de futuro puede ser fácilmente desmontada; que lo que el mercado nos induce a comprar como indispensable para nuestra felicidad ni nos hace crecer como personas ni evita la existencia del mal.

Degradación de la biosfera

Y, además: que intentar no pensar en ello debilita nuestras defensas psíquicas ante nuevos problemas; que la degradación de la biosfera es hermana gemela de la degradación de la psicosfera; que la auténtica sabiduría es valorar el tiempo que tenemos de vida y darle un sentido serio; que no puede pender nuestra felicidad de la capacidad salvadora de la ciencia; que la conexión telemática resuelve muchos problemas prácticos y contribuye a luchar contra la soledad, pero no es lo mismo que la comunicación física piel con piel; que el bienestar interior de las personas no crece por tener más y mejor tecnología.

Tiempo de llorar

Sobre todo, tenemos que asumir nuestras limitaciones, la convivencia con nuestro dolor y el de otros, y, especialmente, la solidaridad comunitaria para conseguir una vida digna para todos. Sólo así, después del tiempo de llorar vendrá el tiempo de reír y después del tiempo de hacer duelo vendrá el tiempo de bailar (Eclesiastés 3,4).

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