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¿Karma oceánico?

La demanda de dispositivos electrónicos se ha incrementado hasta obligar al sector automovilístico a detener su producción por la falta de semiconductores. En el mundo globalizado estos materiales parecen haberse vuelto tan imprescindibles como el aire que respiramos. En plena crisis por la escasez de semiconductores, un estudio de la Universidad de Oviedo pone el foco en una de las consecuencias del despilfarro electrónico.

A diario echamos mano de aparatos inteligentes que nos hacen la vida más cómoda, pero nadie sabe de dónde vienen ni adónde van cuando los sustituimos al menor defecto o cuando algo más avanzado irrumpe en el mercado. Pues bien, entre los cientos de compuestos que conforman un teléfono móvil se encuentran metales pesados como el plomo, el cadmio o el mercurio, la mayoría procedentes de minas de África.

Por desgracia, el coste para la salud humana y los ecosistemas derivado de la producción electrónica no termina aquí para el continente africano. Tras viajar hasta Asia para su manufactura, los metales convertidos en relucientes “smartphones” serán distribuidos principalmente en el mal llamado primer mundo, donde haremos cola para adquirirlos. Cuando decidamos que nuestro portátil ha quedado anticuado en comparación con otro más sofisticado, lo desecharemos con la tranquilidad de conciencia que un punto limpio nos suele aportar. Pero si cada cual tuviera que responsabilizarse individualmente de la gestión de los residuos que generara, la primera pregunta sin duda sería: ¿Dónde va a parar esto?

La respuesta nos llevaría una vez más a África, receptora de una buena parte de la basura electrónica que a los países ricos les sale más caro gestionar dentro de sus fronteras que exportar. En Ghana se encuentra uno de los mayores vertederos de residuos electrónicos del mundo, siendo la incineración su principal forma de eliminación. La falta de medidas de seguridad para el personal y el entorno provoca la inhalación de gases tóxicos y la contaminación del suelo y las aguas, que se suma a la generada en las minas durante la extracción de los mismos metales que acaban quemándose.

Los compuestos tóxicos son transportados por los ríos hasta la costa occidental africana, donde se depositan y acumulan en sedimentos marinos. De ahí accederán a la cadena trófica a través del plancton e irán bioacumulándose en la fauna marina hasta alcanzar a los peces de mayor tamaño, como el atún.

Los acuerdos de asociación de pesca “sostenible” de la Unión Europea permiten a los barcos faenar en aguas africanas para capturar atún durante su proceso de migración. En una especie de “karma oceánico” (término que acertadamente han incluido en el título de este estudio), la basura electrónica que generamos tiene la habilidad de colarse en los ecosistemas y traspasar fronteras escondida en una lata de atún.

El ciclo de la vida tiende a cerrar cualquier proceso, haciendo de él un círculo perfecto. El hecho de mirar hacia otro lado cuando nos deshacemos de un aparato electrónico (sin darle siquiera una oportunidad al arreglo o la reutilización) no nos libra de las consecuencias de nuestra decisión. Una vez más, queda demostrado que el mejor residuo es el que no se genera.

Fuente:

Ardura Gutiérrez, A., “Estamos consumiendo pescado contaminado por los residuos electrónicos que enviamos a África”, RETEMA (Revista Técnica de Medio Ambiente): https://www.retema.es/noticia/estamos-consumiendo-pescado-contaminado-por-los-residuos-electronicos-que-enviamos-a–BqiZQ

García-Vazquez et al. 2021, “Oceanic karma? Eco-ethical gaps in African EEE metal cycle may hit back through seafood contamination”, ScienceDirect: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0048969720366286

Imagen: Residuos electrónicos en el vertedero de Agbogbloshie (Ghana), extraída de Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Electronic_waste_at_Agbogbloshie,_Ghana.jpg

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