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Exposición de arte contemporáneo en un jardín pintoresco del sur de Francia

El Erasmus + es un programa de movilidad entre personas de diferentes países con el fin de aprender mejor no solo sobre otros, sino también sobre su cultura. Es por eso por lo que en esta ocasión no se podía pasar por alto alguna actividad cultural en la que no solo se diera a conocer artistas locales, sino que también uniera al grupo de una manera u otra. Por ello, el último día del programa hemos visitado Le Labyrinthe Créagire, en concreto su exposición Sentiment d’air como actividad final, en la que divertirse en grupo y aprender también un poco más sobre las tendencias artísticas actuales de nuevos creadores del lugar.

La exposición de las obras estaba dividida en dos áreas. En primer lugar, un jardín, un espacio al aire libre en donde se encontraban las piezas colocadas de manera estratégica para el disfrute del recorrido del visitante. Mientras, por otro lado, una pequeña sala, destinada a aquellos lienzos y fotografías que debido a las condiciones atmosféricas no se permitían estar en el exterior. Sin embargo, el espacio que reinaba en la estancia era sin duda el jardín en sí, con una vegetación que evacuaba al espectador a adentrarse entre sus pequeños caminos, que como bien su nombre indica eran ni más ni menos que laberintos los cuales llevaban al visitante a vivir una experiencia sensorial única. Entre las obras más destacadas existían grandes piezas del arte puramente contemporáneo actual como una puerta colgante, una vela de barco formada por plumas de pavo real y fotografías giratorias que conforman un todo solo cuando el espectador es capaz de darle un significado a cada una de ellas. Es así como podemos ver a referentes clásicos de las piezas como el mismísimo René Magritte o el movimiento puntillista, ya que muchas de las piezas terminan por configurarse solo cuando el espectador les dota de sentido. 

Sin embargo, la pieza reina era una pequeña sala a oscuras con capacidad máxima para tres personas. Una vez dentro, pequeñas luces de color blanco y sonidos que recuerdan a la naturaleza más primitiva recrean un espacio interior en sintonía con lo expuesto en el exterior. Es, sin duda, un lugar singular y que no puede obviarse de esta muestra. En la segunda estancia, observamos por lo contrario, unas piezas semejantes a las que podemos encontrarnos en un museo al uso. No por ello pierde la estética artesanal con la que se ha configurado el jardín. Las paredes de la sala se bañan con cuadros y fotografías de animales y vegetación que continúan en sintonía con lo visto previamente. Se trata, sin duda, de una experiencia digna de aprecio en la que disfrutar del arte y la naturaleza en su conjunto. 

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