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España, ¿un país desertificado?

En el Día Mundial de la Lucha Contra la Desertificación, hay que recordar que dos terceras partes de nuestro territorio sufren procesos graves de desertificación. Las causas son complejas, pero es importante conocerlas y actuar para combatirlas. El cambio climático, la desertificación y la pérdida de biodiversidad son procesos relacionados intrínsecamente y que se acompañan de erosión de los suelos, aumento de fenómenos externos (inundaciones, sequías, incendios…), pérdida de especies y fertilidad de la cubierta vegetal…

Los grandes incendios forestales, las olas de calor o las sequías prolongadas (que se verán agravadas por el cambio climático) son y serán cada vez más frecuentes. Esto produce un efecto sobre nuestra cubierta vegetal y consolida el paso hacia masas forestales de matorral o lo que se conoce como “tierras secas”, que son zonas proclives a sufrir repetidas sequías. Además, este fenómeno conlleva el avance de la desertificación hacia territorios cada vez más vulnerables, más inflamables (y por tanto susceptibles a arder), menos fértiles y con menos recursos hídricos.

El 75-80% de España está en riesgo de desertificarse

Los datos aportados por la ciencia son contundentes y nada tranquilizadores. Entre el 75% y el 80% de España está en riesgo de desertificarse a lo largo de este siglo, un tercio ya sufre una tasa de desertificación muy alta y lo peor es que, si no se toman medidas urgentemente, esa superficie árida seguirá creciendo. No estamos haciendo nada para combatir la sobreexplotación de los recursos hídricos, las malas prácticas agrarias en zonas de pendiente, el sobrepastoreo, la agricultura intensiva o la urbanización irracional, que son también responsables de esta situación. Y siete de las diez cuencas hidrográficas con mayor estrés hídrico (sequía crónica) de toda Europa se encuentran en España.

Por todo ello, desde Greenpeace planteamos medidas urgentes que deberían implementarse lo antes posible, como son: 

  • Cumplir con el objetivo de reducción de las emisiones de CO2 de al menos el 55% en 2030 respecto a 1990 y alcanzar el cero neto en 2040.
  • Cambiar la política hidráulica hacia un enfoque integrado en la gestión de la demanda, implicando a todos los sectores demandantes de agua y teniendo en cuenta los caudales ecológicos. 
  • Perseguir la sobreexplotación y la contaminación de los recursos hídricos, la proliferación de pozos ilegales y el mal uso del agua.
  • Garantizar una política forestal (silvicultura con base eco hidrológica) acorde con las necesidades del país más árido de Europa, adaptando los ecosistemas forestales a los nuevos escenarios de cambio climático, evitando la proliferación de viviendas y urbanizaciones en el espacio forestal y concienciando a la sociedad ante el riesgo que suponen los incendios.
  • Cambiar radicalmente el actual modelo agrícola con una sustancial disminución de los regadíos intensivos e industriales y apoyarla agricultura y ganadería de base agroecológica y de pequeña escala.
  • Frenar la expansión de la ganadería industrial estableciendo una moratoria estatal y desarrollar un plan para reducir la cabaña ganadera. 

Aún hay tiempo de mitigar los efectos y consecuencias que la desertificación y la sequía tendrán en nuestro país. Pero para ello hace falta voluntad política y que los agentes implicados crean en la necesidad de cambiar prácticas que nos están llevando a esta situación. La próxima crisis será climática. ¿Nos preparamos ahora que podemos o esperamos a que llegue sin más?

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