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¿Es la ultraderecha compatible con los Derechos Humanos?

Primera parte del artículo: Cada vez más hacia la derecha

Es innegable que todo el mundo tiene derecho a la libertad de pensamiento, de opinión y de expresión. Cada uno tiene su propia ideología, y hay que respetarla sea cual sea, aunque uno no esté de acuerdo. ¿Pero qué pasa cuando un partido político está en contra de los derechos de ciertas personas, discriminándolas por su género o sexo, raza, nacionalidad, religión y orientación sexual? ¿Debería considerarse normal o aceptable el que promuevan el machismo, el racismo y la LGBTfobia? ¿O que no admitan los crímenes de figuras dictatoriales como Hitler y Franco que sentenciaron a miles de personas por ser judíos, comunistas, homosexuales, etc., y que acepten en sus filas a individuos que incluso los defiendan?

Según la Declaración Universal de Derechos Humanos, “toda persona tiene todos los derechos y libertades sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Siguiendo esto, entonces, los partidos de extrema derecha que están creciendo cada vez más en Europa —y en el resto del mundo— no deberían proponer leyes (y en algunos casos ejecutarlas) que prohíban el matrimonio homosexual o la adopción por parte de personas homosexuales. O que impidan a una mujer embarazada decidir sobre su cuerpo y escoger la opción de abortar. Tampoco deberían establecer políticas que nieguen el acceso a los inmigrantes cuando los mismos DDHH declaran que “en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”. Ilegalizar partidos políticos, limitar la libertad de prensa, negarles el acceso a la sanidad y educación a los inmigrantes. De una manera u otra, muchas propuestas incumplen con los principios de los DDHH o de las Constituciones de los propios países.

Aunque si hablamos de incumplir los derechos fundamentales de las personas también habría que incluir a todos aquellos países —sobre todo en África y Asia— que abiertamente lo hacen y lo consideran completamente normal. Pero este ya sería otro tema. La cuestión es: ¿Por qué estamos permitiéndolo? ¿Por qué la ONU y los Estados permiten que en naciones supuestamente democráticas y liberales voten leyes que limiten los derechos y la libertad de ciertos colectivos y/o personas? 

Junto a estos partidos políticos que defienden lo que debería ser indefendible, existen millones de personas detrás que los apoyan fielmente. La extrema derecha, que sostienen discursos nacionalistas y ultraconservadores y muchas veces antidemocráticos, es una ideología que debió de haber quedado en el pasado, porque en una sociedad como la del siglo XXI no tienen cabida pensamientos machistas, homófobos y xenófobos. Estas ideas —que desgraciadamente muchísimas veces se convierten en actos violentos que llegan a ser apoyados por los propios partidos— han ido menguando poco a poco durante las últimas décadas, pero por culpa de los discursos de odio de los políticos ultraderechistas han acabado avivándose. 

La sociedad ha evolucionado, y en ella ahora predominan ideologías modernas como, entre otras, el movimiento feminista, LGBT+, animalista y contra el cambio climático. Ideologías que la propia derecha radical niega porque sus principios son ya anticuados y se oponen a abrir los ojos y percatarse de que el mundo cambia y progresa y no puede quedarse estancado en lo tradicional. 

Nuestros antepasados y nuestros compañeros del presente han luchado y siguen luchando por defender los derechos fundamentales del ser humano. Y la extrema derecha, que sigue creciendo cada vez más, pretende frenar los avances de la libertad conseguida. No podemos afirmar que la sociedad progresa si aún permanece este tipo de pensamiento retrógrado que está en contra de nuestros derechos y libertades. 

Imagen: Manifestante de Democracia Nacional —partido de extrema derecha español— en Barcelona. EFE

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