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EPA Tercer Trimestre 2020

Autor: Economistas frente a la Crisis

Mejora puntual de resultados, pero se avecina un agravamiento de la crisis

Para lograr la recuperación de la economía hay que aumentar las ayudas directas a empresas y personas

1- El impacto de la pandemia distorsiona enormemente los resultados del mercado laboral. Es preciso tomar perspectiva en el análisis.

En uno de los últimos párrafos de su nota sobre los datos de la EPA del segundo trimestre del año decían lo siguiente:

La próxima EPA ya no reflejará –como esta- el confinamiento y la hibernación (el pasado) sino la capacidad en presencia de la política económica y de las medidas adoptadas para fortalecer la recuperación y para adelantar la creación de empleo que, de otra forma, previsiblemente continuará cayendo al llegar, en ese contexto de debilidad, los últimos y menos favorables para el empleo trimestres del año.

Pues bien, el confinamiento severo terminó, se abrió parcialmente la economía, y los datos de empleo del tercer trimestre recogen esa circunstancia. Pero ello no ha sido consecuencia de ningún plan de reactivación, que aún está por venir, sino del rebote automático de una actividad económica que se había desplomado. Un rebote parcial e inconsistente que, lejos de anticipar la senda de la recuperación, parece, a la vista de los nuevos acontecimientos, que será antesala de un nuevo hundimiento, quizá más intenso que el acaecido entre febrero y abril.

Debemos insistir en que la actual situación distorsiona fuertemente los resultados, y resulta muy difícil extraer conclusiones de los mismos utilizando los mismos parámetros lógicos que en etapas más normales. Las cifras muestran una realidad deformada que complica realizar una visión de conjunto de la situación y de su tendencia, algo que en estos momentos creemos que es más importante que la valoración puntual de algunos valores concretos.

Poner el foco en lo esencial obliga a ampliar la mirada

Como ejemplo de esto valgan las cifras de variación trimestral de la ocupación y el desempleo. La primera ha crecido en 569.600 personas, lo que supone el mayor incremento trimestral de siempre (del mismo modo que en el trimestre anterior se registró el mayor descenso, 1.0740.100 personas). El segundo ha aumentado en 355.000 personas, el cuarto mayor de toda la serie. La tasa de paro ha aumentado casi un punto en el trimestre (y 2,3 puntos en el último año) hasta el 16,26%. El proceso de paralización y subsiguiente reactivación (aunque parcial) de la actividad implica un shock externo sobre el mercado laboral que altera de manera decisiva su funcionamiento normal.

Por ello, no cabe deducir de estos datos que se ha producido un comportamiento extraordinariamente positivo del empleo: partiendo de un hundimiento histórico como el que se produjo en el trimestre anterior, el incremento que se estima ahora tan solo corrige parcialmente aquel. Igualmente, el incremento de la cifra de personas en situación de desempleo se debe en gran parte al hecho de que muchas personas no se computaron como tales en el segundo trimestre (solo creció entonces en 55.000 personas) porque el confinamiento les impidió buscar activamente empleo o no estaban disponibles para incorporarse al mismo en los quince días siguientes, condiciones indispensables para que la EPA les considere como tales, mientras que ahora sí son tenidos en cuenta al superar esos obstáculos con la apertura de restricciones, a pesar de que no se haya producido ningún cambio sustancial en su situación profesional real ni en su disposición efectiva a trabajar. Por eso, en este trimestre las personas consideradas inactivas pero disponibles para trabajar se han reducido en 485.800 (mientras que en el segundo trimestre crecieron en 843.000).

Las variaciones interanuales arrojan un poco más de luz sobre la dimensión real del impacto sobre el empleo de la pandemia, al ofrecer una mayor perspectiva y eliminar el efecto meramente estacional o, en este caso, extraordinario de cada trimestre. Bajo esta óptica, la ocupación es inferior a la de hace un año en 697.500 personas (un 3,5% menos), y el desempleo es superior en más de medio millón de personas (un 15,8% más), alcanzando 3.722.900. Esto da una idea mejor de la dimensión actual del golpe al empleo asestado por la pandemia, al que deben sumarse las personas que continúan en situación de suspensión temporal de empleo con un ERTE, que se consideran ocupados, pero cuyo mantenimiento de dicho estatus (o su paso final al desempleo) va a depender de cómo evolucione la pandemia y, en consecuencia, la actividad económica. En este sentido es preciso resaltar que, según los datos de la EPA, en el tercer trimestre se ha reducido en 1,4 millones el número de personas que se encuentran inmersos en un ERTE, pasando de 1,8 millones a 352.400.

De este enorme impacto global sobre el empleo, la caída de las personas asalariadas es de 681.900 en el último año, de las cuales el 85% han sido temporales (582.800) y el 15% indefinidos (99.100), mostrando una vez más la extremada volatilidad del empleo de duración determinada, que se desploma al inicio de toda crisis y se reactiva también antes en las salidas. La precariedad y la rotación como determinantes, una vez más, de nuestro mercado laboral. Por contra, destaca positivamente la resistencia hasta el momento del empleo por cuenta propia, que solo ha descendido en 14.300 personas; una situación que amenaza con empeorar drásticamente si la situación de crisis perdura y no se fortalecen las ayudas directas a miles de pequeñas empresas que han visto cómo se cortaban sus ingresos hasta hacerse casi nulos.

Por último, es preciso destacar que el sector público está soportando, afortunadamente, el empleo en esta crisis, puesto que en el último año ha aumentado en 108.500 personas, mientras que el del sector privado ha descendido en 805.900. De haberse producido un desplome del empleo público de la dimensión de la sufrida en el privado, las consecuencias económicas y sociales estarían siendo mucho mayores.

2- Valoración y conclusiones: reconozcamos la gravedad de la situación y actuemos con la contundencia necesaria

a) La crisis no ha pasado, y hay más que indicios de que su impacto puede ser más largo del inicialmente se había estimado (con excesivas dosis de voluntarismo). La relativa bonanza de las cifras de empleo del tercer trimestre se explican por los ínfimos niveles de partida del período anterior, el central de la primera fase de impacto de la pandemia, y por la incipiente apertura de la actividad que se produjo en la etapa estival, en los albores de una mejoría sanitaria que ahora se demuestra que fue un espejismo. A la vista de lo sucedido y de las perspectivas existentes, los datos del cuarto trimestre serán con mucha probabilidad muy malos, y conforme pasa el tiempo, cada vez es más probable que se produzca un enquistamiento de los problemas de empleo incluso cuando llegue la recuperación (lo que se conoce como histéresis).

b) La virulencia de esta segunda ola nos sitúa ante la vista dos circunstancias terribles. De un lado, pone en evidencia que lo que se ha hecho es muy poco, caramente insuficiente, en estos meses para reforzar el sistema sanitario, y que tampoco se han intensificado de forma global y en todos los territorios las actuaciones con mayor consenso sobre su eficacia, como el refuerzo de la atención sanitaria primaria, el aumento del número de rastreadores, la extensión de las pruebas de detección y la minimización de la actividad en lugares cerrados. De otro lado, refleja que la apertura de la actividad fue precipitada, y los efectos negativos de la pandemia sobre la economía y el empleo se van a prolongar muchos meses. Debemos aprender de ambas cuestiones. Los poderes públicos en todos los niveles (gobiernos central, autonómicos y municipales) harían bien en reconocer esta situación y actuar en consecuencia. En lugar de adoptar medidas que pretenden navegar en un falso equilibrio entre salud y economía, lo que se impone son medidas drásticas y mensajes contundentes, acompañados de mayores ayudas directas a las empresas y a las familias para que, de manera efectiva, nadie quede atrás, y para lograr levantar la economía y evitar la destrucción de empresas y de empleo. Hay que recordar que España es de los países que menos gasto ha realizado en ayudas directas (3,6% del PIB), frente a una media de cerca del 10% en la UE, y que los mecanismos de protección del empleo frente a los despidos que se establecieron se aproximan a su final en este próximo trimestre. En este sentido, desde EFC reiteramos la necesidad de adoptar medidas urgentes que permitan sostener la demanda agregada, sin esperar a la llegada de los fondos europeos, que se producirá demasiado tarde.

c) Sin salud no habrá recuperación económica, y se terminarán destruyendo miles de empresas y millones de empleos que, en muchos casos, serán negocios eficientes y viables. Debemos insistir en que la salvación de la economía y del empleo no vendrá de la mano de una precaria e insegura semiapertura de negocios. La solución no vendrá debatiendo ahora de qué nivel de negocio debe mantenerse en Navidad o en Semana Santa, sino de la adopción de inmediato de rigurosas medidas sanitarias y de distanciamiento físico, junto a la implementación de un programa mucho más amplio y reforzado de ayudas directas a la altura del problema. Estamos ante una verdadera situación de emergencia, y como tal debe tratarse. En este sentido, desde EFC queremos llamar la atención, en primer lugar, sobre la presión que tienen miles de personas trabajadoras que se están viendo obligadas a acudir a centros de trabajo en condiciones de riesgo, bien porque deben viajar en un transporte público masificado, bien porque los edificios no tienen las condiciones de ventilación adecuadas (por otro lado, incompatibles con un entorno confortable de trabajo con temperaturas exteriores bajas, como las que ahora comienzan), o porque muchas empresas no están implementando las capacidades de teletrabajo que poseen, priorizando un tradicional y absurdo “presencialismo” en los puestos de trabajo, cuando hoy se ha constatado que la transmisión del virus es proporcional al tiempo de estancia en los lugares cerrados, y que las medidas de protección contempladas (uso de mascarillas y distancia física) son insuficientemente eficaces.

d) En este contexto, en consecuencia, la prioridad sigue siendo preservar el empleo, bien apoyando a las empresas y sectores viables, bien manteniendo o reforzando los instrumentos de flexibilidad interna (ERTES y teletrabajo) que están dando buenos resultados. Pero estas urgencias no pueden utilizarse como coartada para no afrontar los cambios en el sistema de relaciones laborales que llevan décadas lastrando nuestro sistema productivo al primar las contrataciones precarias. La precariedad laboral es indeseable en época de expansión, pero es aún más peligrosa en las crisis, porque golpea siempre en mayor medida a quienes poseen peores condiciones de trabajo, y también son quienes sufren mayor presión laboral en las fases de vacas flacas. Por eso, paralelamente al mantenimiento de los ERTEs y demás medidas defensivas, es preciso atacar el tan extendido fraude en la contratación temporal, adecuar el contrato a tiempo parcial para que sea una figura estable, con garantías y con una adecuada regulación, así como voluntaria para la persona trabajadora, y es preciso reducir la extrema facilidad existente para despedir de manera injustificada, causas esenciales por las cuales el mercado de trabajo español es ineficiente y el empleo sobreactúa en cualquier circunstancia económica, por exceso (creación precaria) o por defecto (destrucción rápida y masiva). Solo así lograremos construir un mercado de trabajo más productivo, estable y resiliente, clave para la reactivación y para la modernización económica y la obtención de un mayor nivel de desarrollo colectivo, ahora con pandemia y después, una vez superada la misma.

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