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El futuro post-pandemia será verde o no será

Autor: opendemocracy.net

El mundo parece haber cambiado con la Covid-19. Aprovechemos la oportunidad. Por más que soñemos con volver a la normalidad perdida, ya no vale una vuelta atrás.

Cuando los grandes países de Europa, que sufrieron el impacto trágico de la pandemia de la Covid-19 llegada de China, se encuentran ya en fases de control de la expansión del virus y abandonan progresivamente las medidas de encierro y cuarentena, el mundo post-Covid-19 empieza a dibujarse con alguna claridad en el horizonte.

Mientras tanto, América del Sur es un nuevo epicentro de la pandemia, según declaró la OMS el pasado 22 de Mayo. En Brasil la expansión del virus parece descontrolada, con más de medio millón de infecciones confirmadas y cifras de muertos diarios que alcanzan dígitos no vistos ni en los peores momentos de la crisis en Italia o España (el miércoles 3 de junio se reportaron 1.349 nuevas muertes por Covid-19 para el día anterior).

Al mismo tiempo, en muchos de los estados de los EE UU, país que cuenta con más de 100.000 muertos, aún no se ha alcanzado el pico de contagios, aunque la presión por reabrir la economía parece dejar atrás las precauciones iniciales. Las multitudinarias protestas a raíz del asesinato de George Lloyd por todo el país, incrementan el riesgo de brotes por todas partes.

Así las cosas, y pendientes de la evolución de la pandemia en el planeta, con potenciales rebrotes previstos para otoño, ya se puede decir que estos últimos tres meses marcarán la década, , sino es que marcan lo que queda del siglo XXI. La Covid-19 sorprendió al mundo en plena recuperación económica, pero arrastrando aún las importantes consecuencias negativas de la crisis financiera del 2008-2009, entre ellas el aumento de la ya insostenible desigualdad.

Esta recuperación, ahora interrumpida bruscamente, vino marcada por una tendencia a la ralentización de los intercambios comerciales mundiales, que luego, con la llegada de Trump a la Casa Blanca, sus políticas agresivamente proteccionistas y su guerra comercial con China, no hicieron sino agravar.

La última década ha visto también el decaimiento de la gobernanza mundial y del multilateralismo. Hemos asistido al abandono del liderazgo norteamericano, que no ha sido compensado por una Unión Europea en crisis existencial que pudo salvar el Euro in extremis, pero no el Brexit, ni por un espíritu colaborativo de Rusia, sólo interesada en desestabilizar para autoafirmarse.

En cuanto a China, hemos observado que está más interesada en aprovechar el vacío de poder para colocar sus peones, sobre todo económicos, en el tablero mundial, que en avanzar hacia una nueva geopolítica del bien común que sustituya la heredada de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría. Ahora bien, con el abandono norteamericano del multilateralismo (su retirada de la OMS es sólo el último episodio) la diplomacia china ha visto una oportunidad para posicionarse cada vez más en el sistema de gobernanza internacional.

Si la globalización está retrocediendo, no ocurre lo mismo con los problemas globales, como estamos viendo con la pandemia estos últimos meses, y con la crisis climática, desde hace tiempo.

Hoy, la globalización está claramente en retroceso en muchos aspectos, económico, financiero, comercial, incluso migratorio, con las fronteras cerradas, los aviones en tierra y los barcos amarrados. Pero si la globalización está retrocediendo, no ocurre lo mismo con los problemas globales, como estamos viendo con la pandemia estos últimos meses, y con la crisis climática, desde hace tiempo. Ni una ni otra conocen fronteras, y si bien la crisis sanitaria se puede superar con el avance científico y la eventual provisión universal de tratamiento y vacuna, será difícil superar la crisis climática sin medidas radicales conjuntas y globales. Hace por lo menos cinco décadas que identificamos el problema y sus posibles soluciones, pero no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en aplicarlas.

Salvo vergonzosas excepciones protagonizadas por algunos gobiernos como el de Jair Bolsonaro o el de Daniel Ortega, la reacción tardía del Reino Unido o la acción errática de los EE UU, lo que la reacción a la pandemia ha puesto en evidencia es que, ante una crisis global, una acción conjunta es necesaria y acaba funcionando.

La pandemia de la Covid-19 acabará remitiendo, pero la crisis climática está aquí para quedarse. Esta constatación debería poner de acuerdo a la comunidad internacional sobre la urgencia de aplicar medidas como las que pide que un Nuevo Acuerdo Verde (Green New Deal) global. La Covid-19 nos ha enseñado que somos una sola especie, vulnerable a los virus de nueva generación, y que es probable que las pandemias se multipliquen en las próximas décadas, para lo que habrá que estar prevenidos.

Pero si hemos aprendido que pertenecemos a una especie especialmente frágil ante un virus respiratorio, esto nos debería hacer reflexionar que también somos tremendamente vulnerables ante otro fenómeno global, quizás de evolución más lenta pero potencialmente más destructora todavía, como lo es la crisis climática.

Con la pandemia hemos visto que nuestra especie, si bien dominada por el espíritu individualista y depredador del capitalismo más neoliberal, es también una especie colaborativa y solidaria. Una combinación de miedo a la muerte, de confianza en que la ciencia debe guiar a los gobiernos, y de responsabilidad en el comportamiento individual ante la posibilidad de ser agentes de contagio masivo, nos ha hecho sentirnos miembros activos de nuestros entornos sociales, desde las más inmediatas de la familia y el vecindario, hasta la más lejana de la sociedad global.

Si reconocemos que el primer tsunami ha sido la pandemia, que el segundo es ya el crack económico y que el tercero está siendo la catástrofe climática, debemos actuar ahora, globalmente.

La evidencia de la fragilidad de nuestras economías basadas en la velocidad del consumo que profundiza la desigualdad, debe llevar a una reflexión de fondo para la sociedad post-Covid-19.

Si reconocemos que el primer tsunami ha sido la pandemia, que el segundo es ya el crack económico y que el tercero está siendo la catástrofe climática, debemos actuar ahora, globalmente. Hemos visto cómo los gobiernos se han saltado la ortodoxia fiscal, tan sagrada para el sistema bancario y financiero cuyo negocio es la deuda, y se han dispuesto a inyectar ingentes sumas dinero en la economía para evitar el desastre total, ahora es el momento de introducir condicionamientos climáticos a estas inversiones billonarias. Si la crisis financiera del 2008-2009 se resolvió rescatando a los bancos y con una condicionalidad climática muy baja a las empresas para obligarlas a introducir medidas de reducción de dependencia de los combustibles fósiles, la salida a esta nueva crisis deberá ser mucho más verde, o no será.

Aún así, de momento, no cabe ser muy optimistas. Es cierto que las cuarentenas han traído cielos limpios, una regeneración de la naturaleza y una concienciación de que una de las soluciones al colapso del transporte y a la contaminación en las grandes metrópolis es el teletrabajo (se calcula que, a nivel mundial, los trabajadores pierden un promedio de 2 horas al día en desplazamientos a sus puestos de trabajo, un coste que asumen íntegramente los trabajadores y que tiene un gran impacto ambiental), pero la solución no pasa solo por multiplicar las ciclo-vías, como están haciendo Nueva York, París, Bogotá o Barcelona, así como la peatonalización de los centros urbanos y la promoción de los vehículos eléctricos. Sabemos que las emisiones que genera el transporte urbano, siendo importantes, no son tan significativas en el cómputo total de las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero. Está la aviación comercial, por ejemplo, o la generación de energía eléctrica a base de combustibles fósiles.

Pero las grandes corporaciones, que son también las grandes contaminadoras, se están aprovechando de la lluvia de millones para la reactivación económica, y se llevan la parte del león sin comprometerse a cambiar nada. Además, Alemania se ha apresurado a rescatar con €9.000 millones a Lufthansa, y el gobierno chino ha aprobado la construcción de centrales eléctricas alimentadas con carbón para acelerar su recuperación. La cámara de representantes colombiana tumbó hace dos semanas un proyecto de ley que limitaba las extracciones de la industria petrolera en el Amazonas, y Ricardo Salles, ministro de medioambiente brasileño, urgió en consejo de ministros a aprobar decretos que relajan la normativa de protección medioambiental aprovechando la distracción mediática de la Covid-19.

En toda América Latina, la cortina de humo que levanta la pandemia y el bloqueo que proporcionan las medidas de cuarentena, han abierto espacios de impunidad para el progreso sin freno de la deforestación de la selva tropical, de la minería ilegal, o del asesinato de líderes sociales y ambientales.

El panorama no es alentador. Pero si hemos sido capaces de doblegar la curva de la pandemia, debemos ser capaces de doblegar la curva del calentamiento global.

Un reciente editorial de The Economist, un medio nada sospechoso de izquierdismo verde, titulaba: “Aprovechemos el momento: la crisis del Covid-19 revela hasta qué punto será duro contener el cambio climático, pero crea una oportunidad única para conseguirlo”. Esta crisis ha demostrado hasta qué punto los fundamentos de la prosperidad mundial son frágiles, y cómo es urgente repensar todo el sistema y cambiar de paradigma. Incluso un influyente editorial del Financial Times al principio de la pandemia reclamaba la urgencia de cambiar de rumbo hacia una economía mucho más verde y con mucho más contenido social, si queremos llegar a evitar una catástrofe climática que puede acabar con la especie humana.

Parece que la conciencia ecológica ha salido de sus nichos progresistas de resistencia para avanzar en la agenda de los grandes centros de pensamiento, influencia y poder. Ahora hace falta que tomen nota las grandes corporaciones extractivas, empezando los por petroleras, así como la industria militar y la economía financiera.

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