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El beneficio medioambiental del Protocolo de Montreal

Autora: Tania Falcón

El Protocolo de Montreal ha demostrado que una colaboración internacional intensa y coordinada, basada en criterios científicos, puede ser la mejor receta para luchar contra los problemas globales a los que nos enfrentamos. Este protocolo sentó las bases de la recuperación de la capa de ozono y estableció el control, entre otros, de los compuestos clorofluorocarbonados (CFC), sustancias ampliamente utilizadas en la industria como parte de frigoríficos, aparatos de aire acondicionado o propelentes de aerosoles. Gracias a las medidas adoptadas, la capa de ozono se está recuperando satisfactoriamente (un 1-3% por década desde el año 2000) y se cree que los niveles de ozono estratosférico alcanzarán en 2030 los valores previos a 1980 en el Hemisferio Norte, 2050 en el Hemisferio Sur y 2060-2070 en las regiones polares.

Pero la lectura que debemos hacer de la exitosa gestión derivada del Protocolo de Montreal va más allá de la recuperación del ozono estratosférico, ya que nos ofrece valiosas lecciones que aplicar en problemas similares. En primer lugar, la velocidad a la que se tomaron las decisiones. En 1974, dos investigadores de la Universidad de California (Irvine), Frank Sherwood Rowland y Mario Molina, descubrieron que los CFC, unos compuestos de gran éxito en la industria e inocuos en la parte baja de la atmósfera, causaban la destrucción del ozono en la estratosfera. Aunque este descubrimiento les llevó a ganar el Premio Novel de química en 1995 (junto al holandés Paul Crutzen), en aquel momento pasó inadvertido hasta que un grupo de investigadores del British Antarctic Survey, liderado por Joseph Farman, detectó una sorprendente disminución del ozono estratosférico sobre la Antártida.

Era el año 1985 y fue la primera constatación del agujero de ozono. A partir de ahí, los acontecimientos se sucedieron con gran rapidez. En 1985 se creó el Convenio de Viena para la protección de la capa de ozono, fruto del cual surgió el exitoso Protocolo de Montreal, adoptado solo dos años después, el 16 de septiembre de 1987. Esta rapidez contrasta enormemente con la gestión de otro problema ambiental global como el cambio climático, en el que la gobernanza multinacional ha estado arrastrando los pies durante décadas.

El segundo aspecto destacable del Protocolo de Montreal es el seguimiento continuo por parte de la comunidad científica. Los resultados de las medidas adoptadas son evaluados periódicamente por un panel científico, de modo que cuando la evolución no se corresponde con lo esperado, se modifican a través de ajustes y enmiendas en las que se añaden nuevas sustancias o se adelanta el año de prohibición de estas. Y es que el Protocolo de Montreal no solamente ha evitado millones de casos de cáncer de piel o cataratas al recuperar la capa de ozono, sino que también ha reducido una gran cantidad de CO₂ equivalente al disminuir la concentración de CFC, HCFC y HFC que tienen también un alto potencial invernadero. El Protocolo de Montreal ha demostrado que una colaboración internacional intensa y coordinada, basada en criterios científicos, puede ser la mejor receta para luchar contra los problemas globales a los que nos enfrentamos.

La UE parece haber recogido el guante y está liderando la lucha global contra el cambio climático, impulsando decisiones en esta dirección incluso en un momento de extrema complejidad como el actual. Hace unos días, el Parlamento Europeo aprobó reducir un 60% las emisiones de CO₂ para 2030, en lugar del 40% establecido hasta ahora, en el camino hacia la neutralidad climática en 2050. Esperemos que esa sea la línea a seguir y que esto no quede solo como una idea en un papel. Nos va el futuro en ello.

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