fbpx

Economía Solidaria y clases populares: ¿vidas paralelas?

Autor: REAS (El portal de la economía solidaria)

Creo que la ESS es la mejor alternativa al modelo socioeconómico y cultural del capitalismo. Hago esta aclaración porque, a partir de ahora, lo que diré podría hacer pensar que no es así. Lo que pretendo, en todo caso, es hacernos preguntas, aunque sean incómodas, poner en cuestión algunos de los datos en las que basamos muchas afirmaciones, proponer un debate en torno a nuestra estrategia transformadora y tratar de aportar alguna idea que, a mi modesto juicio, pueda ayudar a superar algún obstáculo o mejorar nuestra capacidad de debilitar el sistema hegemónico. ¿Cómo? Apostando por una economía por la vida que sustituya una economía basada en la explotación y en la acumulación.

La ESS y las clases populares de nuestro país viven, con carácter general, vidas separadas. Vidas que, puntualmente, se encuentran en algunos espacios comunes pero que, en su cotidianidad, viven en la ignorancia o el desconocimiento la una de la otra. Sin embargo, esto no ha sido siempre así.

Sin las clases populares no hay transformación

Si hacemos una mirada a la historia vemos que, tal y como nos cuenta Ignasi Faura en su libro L’economía social catalana als inicis del segle XX. Xooperació, solidaritat i valors, «A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, en Cataluña se crea una amplia red de cooperativas de consumo, sindicatos agrarios, mutualidades, ateneos y todo tipo de sociedades de los trabajadores, para dar respuesta a la mejora de las condiciones de vida, de trabajo, de cultura y educación o de salud. Cataluña desarrolló, en los inicios del siglo XX, un conjunto de sociedades que dieron respuesta a las necesidades culturales, sanitarias, agrarias, de trabajo y de consumo que requerían las clases populares y obreras». Y remacha: «Una economía que, forjada desde las luchas de las clases populares catalanas, ha articulado solidariamente nuestra sociedad, creando y distribuyendo equitativamente riqueza, cultura, comunidad, identidad».

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, las clases populares se organizan para cubrir necesidades que el sistema no cubre

Es decir, las clases populares se organizan para cubrir necesidades que el sistema no cubre. Esto, sin embargo, cambia y, al acabar la II Guerra Mundial y con la consolidación de la política de bloques, las clases dominantes de los países del bloque occidental (sobre todo las democracias, pero no únicamente) ante el miedo a la expansión del comunismo, se afanan a construir lo que hemos denominado «el estado del bienestar», generalizando el conjunto de servicios básicos que tradicionalmente las clases populares habían resuelto con la autoorganización: sanidad, educación, vivienda, seguridad social, etc. Lo que las clases populares habían consolidado en respuesta a sus necesidades, ahora lo garantizaría el Estado.

El estado del bienestar y la privatización de los servicios básicos

La desmovilización de las clases populares, fiando su «bienestar» al estado, se produce, sin embargo, en paralelo a la «privatización» de buena parte de este catálogo de servicios que en épocas anteriores habían estado en manos de los trabajadores y trabajadoras y que ahora el estado, en mayor o menor grado, pone en manos de las grandes corporaciones. A pesar de mantener un potente sistema público de salud, la privatización de una parte importante de los servicios ha puesto en peligro su capacidad y una pandemia como la que estamos viviendo ha evidenciado su descapitalización. A pesar de que el sistema garantiza la plena escolarización, lo hace sobre la base de financiar, con recursos públicos, un importante sector de la enseñanza con un modelo privado concertado. A pesar de las políticas de vivienda de protección oficial, la emergencia habitacional se está convirtiendo en otra pandemia y asistimos diariamente al drama de los desahucios, fruto de la avaricia especulativa de los fondos buitres de inversión. Aunque el sistema de pensiones garantiza ingresos a una parte importante de la ciudadanía, después de una vida continuada de trabajo asalariado, cada vez más, los fondos de pensiones privados sustituyen la garantía de unos ingresos dignos en la etapa final de la vida.

Junto a ello, nos encontramos que algunos de los servicios básicos como la electricidad, el agua, el gas o la conectividad (sí, este, a día de hoy, también es un servicio básico) están en manos de grandes compañías, de carácter mayoritariamente transnacional, que presentan beneficios obscenos cada ejercicio y que acaban siendo el destino de una parte no pequeña de los políticos que, en el ejercicio de sus funciones públicas, han gestionado sus intereses.

Uno de ellos, no hace mucho tiempo, respondía «es el mercado, amigos» cuando se le reprochaban ciertas prácticas. Otros, sin sutilezas, responden: es el capitalismo y todas estas prácticas son legales y constituyen la esencia misma de una sociedad libre y democrática.

La realidad, sin embargo, es que, sí, es el capitalismo, pero en lugar de generar una sociedad equitativa, libre y democrática, el capitalismo nos mata. Vivimos en una sociedad profundamente desigual, con un porcentaje significativo de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza, con unos niveles de contaminación insostenibles, con miles de personas muriendo en el Mediterráneo en el dramático camino en busca de una vida mejor y en la que un 1% de los ricos acumulan el 82% de la riqueza mundial.

El capitalismo no hay que gestionarlo, hay que combatirlo

La alternativa a este sistema debe ser una economía al servicio del bien común, una economía que ponga la vida en el centro y no el beneficio privativo y una economía basada en la equidad, la solidaridad, la democracia, la sostenibilidad y los cuidados. Que aplique la perspectiva feminista y que fomente la integración de los sectores más vulnerabilizados de la sociedad, apostando por políticas de discriminación positiva. Una economía basada en la nacionalización de los servicios esenciales y la concertación público-comunitaria de los equipamientos y servicios. Una economía social y solidaria.

¿Qué es ahora la ESS? Un conjunto de empresas, mayoritariamente cooperativas que, inspirándose en los valores tradicionales del mutualismo y la cooperación, operan en el mercado ofreciendo bienes y servicios en un entorno socio-económico profundamente diferente al de sus orígenes.

Es cierto que los datos que se presentan pueden hacer pensar que la ESS tiene un peso importante en el conjunto de la economía. Según datos de la AESCAT (Asociación Economía Social de Cataluña) de la que yo mismo formo parte, la ESS «aglutina 7.422 organizaciones, 139.202 personas trabajadoras, una base social de 2,5 millones de personas y supone una facturación de 7.853 millones de euros». Sin embargo, sabemos que estos datos, presentados de manera agregada, requieren de un análisis más detallado que nos obligaría a «afinar» algunas afirmaciones.

Partimos de una premisa, que es que «otra economía ya existe» en contraposición al lema surgido del Foro Social Mundial de Porto Alegre de que «otra economía es posible». Y no sólo decimos que ya existe, sino que la suya es una vocación inequívocamente transformadora.

La alternativa al sistema capitalista tiene que ser una economía al servicio del bien común

Los que aspiramos a construir un mundo más justo e igualitario consideramos que las actividades económicas deben cambiar radicalmente su orientación. Por eso trabajamos en el desarrollo de una economía alternativa y solidaria que se traduce en una visión y una práctica que reivindica la economía en sus diferentes facetas (producción, financiación, comercio y consumo) como medio -y no como fin – al servicio del desarrollo personal y comunitario. Un instrumento, en definitiva, de transformación social y justicia, que fomenta un desarrollo social y medioambiental sostenible y participativo.

Desde esta perspectiva, consideramos imprescindible la organización y la movilización social, a través de la denuncia y la presión sobre gobiernos e instituciones financieras, para que varíen las actuales políticas económicas.

La Economía Social y Solidaria debe estar en los espacios donde las clases populares viven y luchan

Pero, ¿estamos realmente transformando la realidad del conjunto de la ciudadanía? ¿Estamos impactando en las economías de los barrios populares? ¿Somos la respuesta a las necesidades de la gran masa de trabajadoras y trabajadores del país? ¿Movilizamos amplios sectores de la población en defensa de un nuevo modelo económico? La respuesta parece obvia.

Hoy por hoy, la ESS es un movimiento constituido mayoritariamente por personas de origen acomodado, con formación universitaria, no racializada y con un marcado sesgo ideológico de izquierda de amplio espectro, que ha optado por cooperativizar su trabajo y constituir una empresa de carácter democrático, basada en valores, sin ánimo de lucro o con lucro limitado o para vincularse a organizaciones sin ánimo de lucro del llamado Tercer Sector Social y trabajar, fundamentalmente, en el ámbito del servicio a las personas.

¿Las clases populares participan activamente de este movimiento emancipador que es la ESS?

Una propuesta, hay que decirlo y ponerlo en valor, que en la mayoría de casos va más allá del ámbito profesional y se inscribe en un posicionamiento ideológico de carácter más o menos transformador. Podríamos decir que se inscribe en el marco de un amplio movimiento social que apuesta por lo que hemos llamado «Una economía por la vida» en contraposición a una economía orientada al beneficio privativo. Un movimiento que reivindica un modelo social y económico en el que las principales protagonistas son las clases populares que luchan por emanciparse de un capitalismo que las condena a la precariedad y la vulnerabilidad. La pregunta (malintencionada) es: ¿las clases populares participan activamente de este movimiento emancipador?

No oculto que una parte de la intencionalidad de este artículo bebe del puñetazo que significó el libro La clase obrera no va al paraíso de Ricardo Romero (Nega) y Arantxa Tirado. En el mismo sentido que se sostienen sus tesis, no se trata de mitificar las «clases populares» sino entender que, sin ellas, no hay transformación posible. Quizás porque, como ellos, comparto este origen y he vivido un proceso vital similar. Quizás porque, aunque he subido en el ascensor social, sigo reivindicando mi pertenencia y entiendo las reticencias que podemos generar con nuestros discursos híper intelectuales y cargados de conceptos ajenos a sus vidas. O, lo que es peor, a una mirada que, sin quererlo, tiene mucho de superioridad moral.

Hay que decir, por honestidad, que la ESS ha sido capaz de dar respuesta rápida, solidaria, empática y arraigada al territorio en momentos de crisis profunda como ha sido esta crisis de la Covid-19 que estamos viviendo y que está golpeando duramente no sólo a los colectivos vulnerabilizados, sino una parte muy significativa de esto que aquí hemos dado en llamar «clases populares». La ESS, sin embargo, no debe ser una «economía de emergencia» que sirve sólo en momentos de crisis. Debe ser la alternativa al modelo hegemónico. Y, para serlo, debe implicarse en las luchas de las clases populares. Unas clases populares, hay que decirlo también claramente, poco organizadas, poco politizadas, desmovilizadas y, en cierto modo, imbuidas de los valores dominantes del capitalismo. Pero, al mismo tiempo, no hay que olvidarlo, las que deben ser parte nuclear del cambio. De un cambio que las reivindica como sujeto, aunque demasiado a menudo las condena a la invisibilidad.

¿Cómo pueden hacer su la ESS las clases populares para ser capaz de interpelar de forma efectiva los poderes políticos? ¿Cómo pueden ver en la ESS un instrumento de organización que sea, de verdad, un espacio de lucha y de transformación social? Recientemente, el vicepresidente de Òmnium, Marcel Mauri, en una entrevista de Laura Aznar Llucià el diario Crític, decía, hablando del independentismo: «no tenemos que ir a los barrios, debemos estar en ellos». Un poco, sería esto. La ESS debe estar en los espacios en los que las clases populares viven y luchan, en los lugares que sienten suyos, debe surgir de entre ellas.

La ESS, como movimiento, propone un modelo económico transformador e interpela el poder político desde la teorización de lo que necesita la mayoría de la población para tener una vida digna. Mientras tanto, la mayoría de la población lucha, a menudo de forma poco organizada, ya no para tener una vida digna sino para sobrevivir. Y lo hace de forma individual o en espacios de organización no vinculados a la ESS.

Sin embargo, una parte no pequeña de las activistas en los movimientos vecinales, en las redes de apoyo mutuo, en la lucha contra los desahucios son, al mismo tiempo, personas vinculadas a la ESS o, directamente, activistas de la ESS. El vínculo, sin embargo, entre estos dos activismos no siempre se hace evidente. Creo que esta es una de las claves para hacer más «popular» la ESS. Impregnar de ESS todo lo que hacemos y hacer que las luchas en las calles de barrios, pueblos y ciudades sientan el movimiento de la ESS como un movimiento propio o cómplice de sus luchas.

La lucha por la titularidad pública de los recursos

Creo también que hay que orientar nuestra propuesta transformadora hacia reivindicaciones más vinculadas a los grandes problemas a los que nos enfrentamos. Está muy bien impulsar la creación de cooperativas de vivienda en cesión de uso, porque es un modelo que combate la especulación. Pero la respuesta a la emergencia habitacional es el impulso de la vivienda social en régimen de alquiler.

Hay que construir alternativas soberanas en el abastecimiento de los bienes y suministros básicos: energía, agua, alimentación… Pero la lucha debe ser por la titularidad pública de las fuentes y de las infraestructuras. Después podremos hablar de gestión público-comunitaria.

Hace poco, leíamos en una entrevista a Joan Benach al digital Crític una afirmación que creo que nos sitúa en otra de las claves en las que la ESS debe ser un actor político vinculado a las clases populares: la reivindicación de una mayor inversión en protección y servicios sociales. Demasiado a menudo se identifica la ESS como un actor que se reivindica a sí mismo, que se preocupa por capturar su cuota de subvención pública para desarrollar sus proyectos pero que no muestra un interés real por las necesidades de los más desfavorecidos. Decía Joan Benach que «una buena parte de la población ya estaba en muy malas condiciones antes de la pandemia: altos niveles de pobreza, de desempleo y de desigualdad, precarización laboral, desahucios, servicios mercantilizados, exclusión social, servicios sociales deficientes, etc. Pensamos que, en España y en Cataluña, una de cada cuatro personas está en situación de riesgo de pobreza y de exclusión, que más de la mitad de la población tiene dificultades para llegar a fin de mes, y que se gasta mucho menos de lo necesario en protección y servicios sociales.»

Para terminar, una obviedad: Las transformaciones en profundidad requieren de políticas públicas valientes. En este sentido, Ivan Miró, en esta interesantísima entrevista a Debats pel demà nos aporta un poco de luz sobre lo que hay que hacer: 

«Los partidos deberían hacer una reflexión seria. No deben aspirar al monopolio de la acción política, en todo caso deben ser una herramienta al servicio de la sociedad, y por tanto sus lógicas, a menudo incomprensibles para la sociedad, y la visión que no se pueden articular alternativas de izquierdas sustantivas a nivel político. En todo caso, lo que se puede plantear es que el protagonismo debe ser de la sociedad, los movimientos sociales, sin una movilización social y sin una agenda compartida de transición ecosocial, sin objetivos claros de nuevo modelo económico, pues los partidos seguirán con su agenda propia. Desde la sociedad tenemos que crear una agenda compartida y empujar a los partidos para que sean un instrumento de este cambio de paradigma» (Ivan Miró)

Un cambio de paradigma que sólo será posible si la ESS, los movimientos sociales y las clases populares entienden que sus deben ser, ya no sólo luchas compartidas sino la misma lucha. Porque el capitalismo no hay que gestionarlo, hay que combatirlo.

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar