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Chelsea Manning: de exsoldado a activista LGTBIQ+

Chelsea Manning (Oklahoma, 1987) lleva cinco años viviendo en libertad. Ella había sido condenada a 35 años de prisión espionaje, ella relizó una de las mayores filtraciones de documentos de la historia de EEUU. Entregó a Wikileaks un CD con más de 700.000 documentos clasificados de las guerras de Irak y Afganistán. Cumplió siete años de prisión hasta que en 2017 Barack Obama conmutó la pena impuesta por el tribunal. En aquel tiempo se filtró que intentó suicidarse dos veces y Amnistía Internacional denunció que sufrió maltrato. Ella afirma que las amenazas provenían de los guardias y que se agravó cuando comenzó su transición de género en una cárcel militar para hombres. Ahí no le permitían dejarse el pelo largo y se seguían refiriendo a ella en masculino.

Ahora se dedica a tiempo completo a ser activista en contra del estado de vigilancia de EEUU y por los derechos trans. “La cárcel cambió por completo mi percepción del mundo y mis valores”, dice Manning. “Ahora aprecio mi tiempo y mi relación con los demás frente a una vida esencialmente materialista. En la cárcel también se generan entornos comunitarios sin tener acceso a una casa, a un coche ni a riquezas”, asegura, pero sin dejar de reivindicar que “la gente no quiere vivir en jaulas, desconectada”. La imposibilidad de asociarse con otros, expresarse libremente y luchar fue “un paso atrás para tomar perspectiva”.

Manning denuncia que ahora ocurre lo contrario a 2010, entonces había secretismo y censura de la información; ahora hay muchísima información y también desinformación debido a la alteración o sesgo de la misma. La clave está en saber interpretarla para no caer en la trampa de las fakenews. Ella se ha especializado en la red y los algoritmos; cree que esto es causa de la radicalización del mundo y de generar ansiedad y miedo para depositar en nuestros smartphones nuestra información personal.

Chelsea Manning se presentó como candidata al Senado, pero no salió adelante. Ahora, reflexiona con perspectiva y sabe que “cambiar el sistema desde dentro es un tema mucho más profundo que conseguir representatividad”. Afirma que “La idea de que si hubiera más mujeres o personas trans en las instituciones mejorarían las cosas es una falacia. He visto a mujeres y minorías –trans o personas racializadas– llegar al poder dentro de este sistema y hacer lo mismo. El establishment les vuelve incapaces de parar el daño y la destrucción. EEUU no se va a convertir en una nación más pacífica por tener un piloto trans de drones o una mujer presidenta”, asegura. “Las normas siguen existiendo, lo que hay que hacer es plantearse reestructurarlas de forma distinta”.

Imagen extraída de: El Siglo Panamá

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