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Acabar con las guerras porque la guerra es ilegal, también es antiética

El «sentido común» sobre la guerra que se está formando en la opinión pública tiende al pacifismo. Progresivamente nos hemos acostumbrado a un mundo en paz. Además la mayoría conoce los horrores de la guerra, y por supuesto muy pocos desean vivir esas oscuras páginas de la historia de la Humanidad. 

Una parte importante de ciudadanos puede verse confundida al oír en los medios de comunicación justificaciones de la guerra (patrocinadas por los gobiernos y por las grandes empresas que obtienen jugosos contratos bélicos durante la guerra y de reconstrucción una vez que concluye), sin que las voces en contra se aseguren de ocupar también un espacio en la esfera pública de discusión. Pero a esto ya estamos acostumbrados.

Por desgracia, una parte de las élites tienen la propiedad y vínculos con las industrias de producción de armamento y todo lo relacionado con los ejércitos, y estas mismas personas muy poderosas intentan que este tema del fin de las guerras y la fabricación de armamento, no esté en el debate público, no aparezca demasiado en los medios de comunicación, y si aparece, siempre establecen la imposibilidad de acabar con los ejércitos, o con las armas. Siempre nos descalificarán como utópicos pacifistas que no comprendemos que los ejércitos y las armas son muy necesarias.

Sin embargo, existen varios elementos en el derecho internacional que van por el buen camino, el camino de la abolición de las guerras. 

La guerra está tipificada como delito en el Tratado de Roma que crea el Tribunal Penal Internacional, lo cual refuerza la idea de que la guerra está prohibida, y por tanto no puede ser bajo ninguna hipótesis una guerra lícita.

La guerra de agresión estaría prohibida desde la promulgación de la Carta de las Naciones Unidas, que limita las intervenciones bélicas exteriores a las «guerras de defensa» (concepto con el que no estamos de acuerdo los que nos consideramos pacifistas), las cuales pueden ser autorizadas por el Consejo de Seguridad cuando concurran determinadas circunstancias. Dicha carta, en su artículo 2.4, establece la prohibición de la «amenaza y uso de la fuerza» con el fin de atentar «contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas»; esta prohibición es omnicomprensiva, de modo que a partir de ella podemos decir que cualquier utilización de la fuerza armada de un Estado para atacar a otro es ilícita. El mismo artículo 2 de la carta impone la obligación de resolver las controversias internacionales por medios pacíficos, sin que se ponga en peligro la paz y la seguridad internacional.

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